jueves, 9 de febrero de 2017

Let me in

Los médicos dijeron que no le quedaban más de dos meses de vida. Después de muchas noches sin dormir, de montañas de argumentos a favor y en contra, de martirizar a mi marido, decidí que la culpa sería peor que volver dos meses a casa de mi madre. Hice las maletas, le di un beso de despedida  y conduje nueve horas hasta llegar a la casa donde pasé los catorce años de mi infancia, antes de que el niño que había en mí se fuese para siempre.

Mamá no me reconoció cuando llegué. Lo primero que hizo tras abrir la puerta fue cerrarla. Tuve que insistir, mostrarle fotografías -los médicos me habían aconsejado que sería una buena idea-, le conté algunas historias y, al cabo de las horas, acabó confiando algo más. Aquella primera noche dormí en el coche, para que se fuese acostumbrando a volver a verme. Fue la única noche que dormí de las cuarenta y siete que pasé en esa casa.

Al día siguiente volví a llamar. Esta vez, la anciana que vestía un batín rosa desgastado me reconoció. Me preparó café -solo agua, no recordó llenar la cafetera de café molido-. Estuvimos hablando largo rato. Parecía feliz a pesar de la decrepitud que envolvía su figura. Me habló de mucha gente. No reconocí a nadie de oídas. Me contó cuál era su rutina, sus hábitos. Y, al repetir cada historia por segunda o décima vez, iba añadiendo datos más o menos contradictorios.

La primera vez que mencionó a mi padre sentí un nudo en la garganta. Las palabras que había pronunciado hacía ahora exactamente treinta y seis años aún pesaban en mi cabeza. Había estado preparándome durante semanas para este momento, para volver a casa, para volver a mirar a mi madre a los ojos: la persona que todo me lo dio, y que todo me lo quitó de golpe. Y ahora era tan confuso, tan liberador y tan frustrante al mismo tiempo que no recordase nada del día en que dejé esta casa. No sabía qué pensar, no sabía cómo comportarme.

No conseguí conciliar el sueño. Ni esa noche, ni todas las que vendrían. Tumbado en la estrecha cama que tan familiar me resultaba, no podía detener mi mente. Al principio creí que todo era producto de mi imaginación. Que estaba sometido a demasiada tensión. Joder, cómo no iba a sentir tensión si había vuelto después de casi cuarenta años a la casa de la que mi madre me había echado siendo un crío, amenazándome, arrojándome lo que caía entre sus manos. Había vuelto al lugar donde mi infancia se había hecho añicos, donde la comodidad de una cama -esta cama que se hundía ahora bajo mi peso y las preocupaciones-, la comodidad de una vida sencilla, una comida caliente, un patio para jugar con los amigos... había sido cercenada por la ignorancia y el rechazo de una madre.  No podía ser real lo que oía. Tres golpes, como si alguien llamase a la ventana. Y después, conversaciones. Retazos del pasado. Ecos de aquello que había vivido y que había cambiado mi vida para siempre. Cada día algo nuevo. La historia había comenzado con el día en que me di cuenta de lo que sentía. La primera vez que un pensamiento fugaz cruzó mi mente. Y cada día avanzaba linealmente, hasta que conseguía mal dormir, un par de horas, varios minutos, y el día me encontraba ojiplático y, cada vez, más ojeroso.

Mi madre se marchitaba por momentos. La enfermedad se agravaba cada día. Y esa frescura inicial con la que me había recibido se iba oscureciendo. Sus recuerdos a veces se detenían, de pronto, abruptamente. Cambiaba de tema, me hablaba de padre, de sus vecinas, de noticias de hace años. Cada vez faltaba menos en mis delirios nocturnos para llegar al día en que mi madre decidió que quería cerrar para siempre la herida abierta de su vientre. Que era mejor abandonar a un hijo que encarar los chismes.

Tres golpes. El silencio. Mi madre mirando al infinito en la cocina. Una lágrima perdida. Los gritos. La maleta preparada, solo lo indispensable. El recuerdo del padre omnipotente y archidesaparecido. La vergüenza, la ignominia, el desarraigo.

Solo cuando la escena hubo acabado conseguí dormir tranquilo. Por primera vez, de un tirón, toda la noche. Cuando me despertó la luz de una mañana clara lo comprendí. Mi madre no volvería a levantarse. No toqué nada. Llamé a la ambulancia. Certificaron su muerte. Telefoneé también a casa, mañana después del funeral estaría de vuelta. Mi marido intentó consolarme, que ahora estaría en paz, y esas cosas que se dicen, pero algo en mí me decía que no era así. Que, seguramente, nunca llegó a perdonarme, que, probablemente, había acabado recordando lo que había pasado. Algo me decía, incluso, que eso había sido, finalmente, lo que se la había llevado.

Después de todo el día fuera, hablando con familiares y vecinos, custodiando su féretro, volví a casa. Iba a ser la última noche. No me hacía demasiada ilusión volver allí, ahora solo, triste, más desarraigado si cabe que cuando mi madre vivía. Pensé en casa, pensé en quién me esperaba lejos y saqué fuerzas para volver a tumbarme en esa cama, una última vez.

Tres golpes. Me incorporé. ¿Por qué demonios siempre sonaban tres golpes, como en la ventana, si las persianas estaban bajadas?

Y entonces lo vi.



Al otro lado del espejo estaba mi yo de catorce años. Golpeando con sus pequeños puños. Los ojos rotos, la cara inundada de lágrimas. Atrapado para siempre entre las oscuras paredes de esta casa.

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