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lunes, 4 de febrero de 2013

Delirios dramáticos.

Suenas como esa guitarra eléctrica que acaricias, sabes a futuro incierto y hueles a melancolía con sonrisas. Pareces ese acorde que nadie ha escrito y te guardas en un baúl que no se ha abierto. Eres como ese beso que nunca se dio y aquel para nunca que jamás se dijo. No te busco. No te encuentro. Estás hecho de la misma materia que mis sueños, como decía Shakespeare, al que citas y recitas casi a diario. A veces escribes una obra sobre nosotros, pero todavía no me has puesto nombre. Buscas una Julieta, aunque te conformas con Ofelias de compañías de bajo presupuesto que te entretienen por instantes. Y entre acto y acto escribes poemas sin dedicatoria. Creo que alguno es para mí, aunque no sé si lo sabes.
Me recuerdas a una canción que ya no suena y creo que nos hemos visto en ninguna parte, no sé si te acuerdas.
Me parece que eres el perfume extraño que huelo en mi almohada, aunque también puede ser que mamá haya cambiado de detergente. Y esos ojos de infinidad cromática que veo en todas partes son tuyos, ¿no? Claro, igual que ese sombrero anticuado que pierdo entre la multitud y esa risa que se desvanece si me doy la vuelta en algún bar para buscarla. ¿Crees que te echaré mucho de menos hasta que llegues?



Bueno, si me ves salúdame. Me hará ilusión.

jueves, 5 de enero de 2012

Delirios miméticos.

Ella fue la única que consiguió decir en voz baja todo aquello que otros solo saben decir gritando.

Con cada palabra que decía remendaba los agujeros que un día yo infringí en su alma a la vez que abría con puntadas la mía. Me soltó todo aquello que nadie fue capaz de decirme.
Me recordó que la vida era otra cosa. Que yo era uno de esos amantes cobardes que temen a los amores imposibles de los que siempre renegué.

Sin necesidad de un espejo, me hizo ver que la hipocresía que tanto decía odiar, también se encontraba entre los pliegues de mi ropa, de mi piel. Yo no la creí. Al menos intenté no creerla.
Pero bien sabe ese dios al que aborrezco que tenía razón. Que yo no era más que otro fraude... y ella, bueno..., ni se molestó en decirme qué era ella en todo esto.



-Algún día escribirás esto.- le dijo el hada al caballero poeta, a lo que éste ni siquiera se dignó a contestar. -Algún día cuando aprendas que esas palabras vacías que escribes significan algo aunque tú no lo sepas.

domingo, 31 de julio de 2011

Delirios fugaces.

-¿Crees en los deseos de las estrellas fugaces?

-Pues no mucho, hace dos años que pedí algo y aún no se ha cumplido.

-Tal vez no lo deseaste con fuerza.

-En aquel momento sí, ya no.

-Y dime, si pudieras pedir algo ahora, ¿qué dirías?





-Que fueras real y no un producto más de mi imaginación frustrada.

martes, 26 de julio de 2011

Delirios hilvanados.

¿Alguna vez has concebido la estúpida idea de que tu mente es tan inteligente como para crear un mundo lleno de imágenes nocturnas, y además ser capaz de que sientas todo aquello que estás soñando? Qué iluso.

Ella teje tus sueños, o cualquiera de sus congéneres.
Ella es una de las esclavas de un dios olvidado, condenada a tejer millones de tapices oníricos hasta saldar su deuda.
Cada día coge un hilo de aquí, otro de allá. Saca de su botella de cristal un pensamiento, de la cajita dorada una sensación, un escalofrío; y lo trenza con la bovina que le apetece, según su humor. Borda retazos de imágenes, lugares perdidos, frases olvidadas. Varía cada día en su rutina de confección, y una vez que ha acabado de coser, corta el hilo que sobra con sus tijeras de plata.
Ella no puede soñar, es parte de su castigo. Pero sí puede existir dentro de un sueño.

Un atardecer, cuando ceñía consternada los hilos que le faltaban, un cabello azabache fue a fundirse con su hilo de bordar negro.

Esa noche, Álex soñó con ella.



Tenía el pelo negro y los ojos grises. Cosía infatigablemente con la ayuda de utensilios pasados de moda. Se repetía en aquel sueño de forma subliminal: sentada en un banco, asomada a una ventana.
Se miraron, se vieron.


Ocho millones de sueños después, quedó libre.

Treinta años más tarde, seguía pensando en los ojos grises.

Eligió regresar.

Una cabezadita en un banco no hace daño a nadie...

... y menos cuando los limbos intertemporales se estrechan con semejante ímpetu.





Se despertó. Los ojos grises.

jueves, 7 de julio de 2011

Delirios temerarios.

Quiero besarte. Hace mucho tiempo que quiero hacerlo. Quiero saber qué se siente. Están tan cerca esos labios perfectamente proporcionados que me entra vértigo, menos mal que ya estoy en el suelo. No son absurdamente finos, tampoco demasiado gruesos, son casi perfectos. Digo casi porque hace tiempo que mandé a la perfección a freír esparragos.
Quiero morderte. Y al pensar eso es cuando empiezo a reírme. Y pongo los dedos sobre mi boca dejando que las notas se escapen entre los huecos que dejo con ese gesto tan tonto y que tengo tan calado.
¿He dicho ya que quiero besarte? Y me topo con los dos pozos de miel fresca, y me vuelve a entrar la risa, y te sostengo la mirada, divertida, porque a mí todo me hace gracia, y no sé si sabes lo que estoy pensando...



Quiero besarte, pero aún estoy negociando con la parte que me dice si debo o no. Porque no me gustaría dejar de reír contigo.

martes, 5 de julio de 2011

Delirios entomológicos.

-Hablas de volar, pero te imaginas siendo un águila: libre, vivo, dueño de sí mismo, no un sucio mosquito. ¿Verdad? ¿Y qué coño importa, entonces? Si los dos vuelan, si ambos tienen alas. Ah, ¿ves? No me mires así, nena. Esto es la vida real y tendrás que hacer lo que se te pide, ¿me oyes?

>>Deja de escribir patrañas, chica. Madura, escribe cosas serias. No te pago para que escribas esta bazofia de adolescente. Esto es algo serio, así que o te adaptas o coges la puerta, ¿ha quedado clarito?

- Lo dejo, dejo esta basura y a ti. Hablo de volar, sí. Y aquí da igual, mosquito o águila, si estamos enjaulados del mismo modo. Mis patrañas son mías, si no las quieres suéltalas, que me las llevo.

>>No quiero nada de alguien que vendió sus sueños por cuatro perras.


Cogió sus cosas y salió sin decir nada. Tenía prisa: sus sueños le esperaban en casa, con Marcos desquiciado y la cocina chamuscada.

martes, 7 de junio de 2011

Delirios expiatorios.

-¿Qué tal?

-¿Qué quieres oír?
>>Tenemos la versión edulcorada, la de la máscara de gato con labios rojos. Incluye varias sonrisas falsas al día e incluso algún toque de ironía de vez en cuando. La otra opción -mucho más barata, todo hay que decirlo- es la de las lloreras a oscuras, el tembleque de piernas y los abrazos rotos. Ha bajado un poco lo que incluía así que se suprimen las ráfagas de esperanza y el vislumbrar algo de cielo sin nubes. Tu verás.



No te aburriré con mis cosas, sé que tú tienes las tuyas. Si no quieres saber lo que pasa no preguntes. No sé si está vez seré capaz de perder para verte sonreír.

Por si acaso, no lo intentes.

sábado, 21 de mayo de 2011

Delirios propios.

¿Sabes? Eres una de las personas más extrañas que conozco.
Eres tan simple que nadie lo entiende. Tan predecible que nadie se lo espera. Tan tonta que te vuelves lista. Tan egocéntrica que los demás piensan lo contrario. Tan odiosa que te vuelves adorable. Profundamente superficial, eres como un reloj de números romanos. Lo que se ve es fácil de comprender, lo que queda dentro no.

Tampoco sé cómo explicar que no te hubiera importado quedarte un ratito más con él.


Desisto de entenderte, Berta.

sábado, 14 de mayo de 2011

Delirios necios.



Ya no sabía qué era a parte de idiota. Un Dorian antagónico, una furcia de burdel barato, un alma conformista, una ilusa con delirios de grandeza, una Rebeca Buendía ansiosa por llenarse la boca de tierra y gusanos a falta de saliva en forma de calmante.

No quería esto. No quería pasar tres horas delante del espejo intentando buscar un ángulo aceptable, no quería llenarse los brazos de tinta con estúpidos ideogramas, no quería escribir mentiras. No quería saber nada de conmiseraciones subjetivas ni de enfoques objetivos sobre la poca trascendencia de la situación cardiaca. Tampoco quería oír reír a su vanidad bipolar que se iba de borrachera cuando le apetecía y la dejaba sola, delante de un montón de teclas y de una pantalla que le acababa haciendo daño en los ojos.

No quería escribir una lista de defectos. Tampoco de virtudes.



Cuando sepa qué es lo que quiere, que nos lo diga. Y que haga lo mismo él, si no es mucho pedir.

lunes, 9 de mayo de 2011

Delirios decadentistas.

Llegados a tal punto en el que ni la autocompasión quería venir a dar la cara, la miseria se cernía sobre sus ojos abnegados que felizmente se hubieran fugado con algún Rimbaud de ojos azules que supiera disimular levemente su falta de interés más allá de los aspectos carnales. Su ingenuidad hubiera hecho el resto.
No sabía si valía mucho, tampoco se lo había preguntado. Valía lo que pagaran por ella, que era más bien poco.
Y creo recordar que una rata soltó una carcajada mientras ella lloraba y algo viscoso le tomó la mano para llevársela a un infierno un poco más profundo que aquella cloaca.

¿El precio? Un café solo y dos corazones rotos. El que Rimbaud se llevó con Verlaine y el que no latía ya en su pecho por encontrarse en huelga.




De todas formas, el mundo no se hubiera fijado en que había una puta menos. Que por no saber, ya no sabía ni escribir.

sábado, 23 de abril de 2011

Delirios oníricos.

Había niños que miraban embelesados los pasteles de nata a través del cristal, pero ella no formaba parte de la sociedad anónima de pequeños que soñaban con el olor a pan recien hecho y bizcochos caseros. A Clara lo que le gustaba era mirar a los mayores. No le interesaban los pasteles -a no ser que fueran de chocolate-. Lo que ella soñaba era ser como ellos, como esas personas que se reunían, reían escandalosamente y se miraban con ojos de fuego. Le fascinaba el modo que tenían de pasar por la vida, como si supieran todo de ella, como si lo que viniera después fuera algo nimio, como si sólo importaran los trajes que se iban a poner para aquellas reuniones privadas, en las que los niños como Clara no debían entrar, aunque alguno se colaba. Y es que Clara era sencilla, transparente, predecible. Falda de flores y ojos marrones, con los que miraba como si no hubiera visto nunca, a través de las ventanas de aquel local prohibido al tumulto de corazones ebrios que buscaba entretener -o yo no sé lo que buscaban- sus cansadas almas de no haber empezado a vivir todavía.
¿Por qué los admiraba? No lo sabía, y se lo había preguntado muchas veces. ¿Era ella distinta? No podía serlo. En apariencia no lo era, ¿por qué entonces no le interesaba boquear delante de los pasteles como a los demás?
Se alejó de aquella sala, deslizando sus manitas por el cristal, y cabizbaja se dirigió a los columpios de cadenas.


Vio a lo lejos un niño con sombrero, jugando con algo invisible. Y deseó, deseó con todas sus fuerzas, mucho más de lo que deseaba ser una de ellos, que ese niño que jugaba solo fuera real. Y hubiera soplado todos los dientes de león del mundo por que ese niño existiera y le hiciera algo de compañía en aquella absurda realidad.

martes, 19 de abril de 2011

Delirios sinestésicos.

Se sentía idiota, algo estúpida, bastante tonta. Porque después del tiempo a la deriva, los susurros a voces, y el desentusiasmo general, volvían a mecerse las mariposas suicidas en su estómago de las que ya habló alguna vez. Y es que se preguntaba por qué demonios no se morían las lúgubres polillas de alas carcomidas que se resistían a dejar de dar guerra en sus entrañas.
Si no podían revolotear libres, soltando ese maravilloso polvo de hadas que le hacía flotar, ¿por qué no se iban definitivamente? Tal vez habían sufrido de catalepsia, y cuando las creía muertas, apagadas para siempre, se convulsionaban con fúnebre alegría, pues eran demasiado cobardes para ser mariposas suicidas, demasiado ingenuas, jamás tendrían el valor de hacerlo.



Y ya las vale, de veras que ya las vale. No sé qué vamos a hacer con ellas... Siempre acaban provocando sonrisas turbadas que no valen nada, que nunca serán nada.

domingo, 10 de abril de 2011

Delirios escondidos.

-Ve tras ella.

-Y... ¿Qué pasa contigo?

-Yo estaré bien.

Él fue detrás de la chica del pelo verde, el vestido negro y las botas militares. Pero... ¿qué pasó con ella? ¿Con la otra? Supongo que eso es lo que se corta en las películas, porque importa más bien poco, pero me gustaría imaginar un final bonito para ella, mientras los tortolitos se alejan.
Empieza a correr y sonríe, se da cuenta de que ella también es bonita y que alguien vendrá a decírselo, tarde o temprano. Y va pisando charcos con sus zapatillas de lona llenas de dibujos mientras piensa que sus peces ya la echarán de menos.


¿Ojalá algo fuera distinto?

viernes, 8 de abril de 2011

domingo, 20 de marzo de 2011

Delirios acabados.

María recogía sus cosas. Oía a su madre gritar desde abajo que se diera prisa y cómo arrancaba el camión de las mudanzas y se iba. Se asomó a la ventana y lo vió marchar y a sus padres meter las últimas cajas en el coche. Y echó un último vistazo a la que había sido su habitación, ahora vacía, como único ornamento una vieja foto colgada de una chincheta en la pared. Y la miró y le vió y le echó de menos por última vez. Le dijo adiós para siempre.
Bajó las escaleras, cerró la puerta y subió al coche. Era fuerte y no miró atrás.


Por ello no vio al chico de la foto venir corriendo, que llegaba tarde a despedirse de ella. Que no se dio cuenta antes de lo mucho que la echaba de menos.

viernes, 11 de marzo de 2011

Delirios extraños.

-¿Sabes? Cuando me obsesiono con algo lo veo en todas partes.
-¿Estás obsesionada conmigo?- le preguntó él con una sonrisa torcida.
-No.

Él la observó callado, con la cabeza ladeada mientras ella miraba al infinito y su voz aún resonaba en sus oídos.


-No estoy obsesionada contigo. No te veo en todas partes.- añadió mientras le soltaba la mano.- Siempre te busco, pero jamás te encuentro.

sábado, 12 de febrero de 2011

Delirios de una idiota.

Que me equivoco. Que tú no te engañas.

Que Apolo se largó, que se acabaron las putas miradas petrificantes. Que ya no contengo el aliento si se acerca.

Pero que todo es distinto. Que el viento no tiene colores, antes me los inventaba, pero ya no me consuela. Porque los besos de aire se grabaron en el alma. Y la puta brisa trae esencias que se me antojan familiares. Y que entre la multitud busco a Nadie y no lo encuentro. Que no odio cuando debo y que engaño sin quererlo. Que solo unas orejas afelpadas pueden escucharme. Que hago lo correcto cuando no me apetece. Porque soy una hipócrita, pero cuando debo serlo no me sale. Solo me sale guardármelo.



Porque calladita estás más guapa, pequeña. Pero que rara vez nos salió mentirnos. Que los sueños nos lo demuestran y el espejo no nos hace más la pelota.

Delirios metafóricos.

- No lo entiendes...- dijo la niña.

- Pues no, no lo entiendo.- le contestó el niño algo molesto.

- Mal, Víctor... ¡mal! ¡Eso no fue lo que el chico del parque le dijo a la chica!

- Bah, pero si no se dijeron más que mentiras.

- Es verdad... entonces, ¿qué hacemos?, ¿jugamos con lo que oímos o nos lo inventamos?

- Vamos a jugar a otra cosa, anda.


Lo peor de todo es que se creyeron sus mentiras.
Falacias edulcoradas y después el olvido.

miércoles, 9 de febrero de 2011

Delirios existenciales vol. III

Esta vez los tiros van por otro lado. Esta vez lo que me preocupa es la bifurcación de los caminos.
La convicción de la profesora de ética y la seguridad con la que califica ciertas teorías de discutibles. Me preocupa el ímpetu ideológico de la profesora de religión y el de nuestro catequista. Me preocupa la (falsa)seguridad que nos transmiten los adultos, y lo bien que se desenvuelven los jóvenes algo mayores imitándolos.
Me preocupa el no elegir lo correcto. Me preocupa que lo que yo considero correcto no lo sea realmente. Me preocupa no saber qué hacer con este sucedáneo de vida, con este juego de simulación en el que me encuentro. Me preocupa que lo más importante de ello sea el color de las paredes y la tela del sofá. Me preocupa que mi preocupación sea excesiva, o que el arrastre social me empuje a un remolino sin retorno. Me preocupa ser el juguete con voz al que le das cuerda y al que nadie le enseñó qué debía decir.
Quizás aun sea pronto para andar cuestionándose estas cosas...



Volvamos al punto muerto, a la improvisación calcada. Al hacer por hacer, soñar por soñar y vivir porque es lo que nos ha tocado.

domingo, 6 de febrero de 2011

Delirios ventrílocuos.

Quieta. Cierra los ojos. Traga saliva, deja que tiemble tu garganta.

Cuando el viento dé de lleno en tu cara y tu pelo dance libre, coge todo el aire que puedas por la nariz. Siente como se separan las aletas e imagina su recorrido. Sigue inspirando hasta que sientas lleno el pecho. Hasta que parezca que va a explotar.

Después, suéltalo.



Y recuerda: estás viva.