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viernes, 8 de julio de 2011

Libertad.

Libertad se divierte soltando los pájaros enjaulados de sus vecinas y después viéndolos volar. Se escribe poemas a sí misma, porque se cansó de esperar a que alguien lo hicera. Siempre se recoge el pelo con horquillas y se sale al pintarse la raya del ojo.
Libertad nunca llega tarde, porque nadie la espera. Libertad vive sola, toma el café con mucho azucar y se envuelve como una crisálida en una manta de ganchillo que le hizo su abuela.

Libertad ríe o llora, Libertad calla o grita, Libertad ama mucho o no ama nada.

A veces Libertad no puede dormir y se lee cuentos en voz alta hasta que se queda dormida. También mira al cielo, cuando está atardeciendo, y sólo se acuerda del pasado, jamás del futuro.
Libertad quiso ser profesora, pero lo dejó porque le parecía que los niños ya sabían demasiado como para decirles que todo lo creían era mentira.



Libertad se encerró a sí misma.

Y sólo Libertad tiene la llave.

miércoles, 30 de marzo de 2011

So hold me, until it sleeps...

Estoy tirada en el sofá, mirando la tele sin ver nada. De vez en cuando capto alguna frase de la comedia idiota que ponen. Bastante superflua, que no exige un gran esfuerzo mental por mi parte.
Entonces oigo girar la llave dentro de la cerradura. Sufro un micro infarto, al fin apareces. Después de la pequeña explosión cardiaca intento serenarme inútilmente. Atraviesas la puerta del recibidor, te acercas y me das un beso en la mejilla. Me parece que has balbuceado un saludo, no estoy muy segura.
Busco mi mejor sonrisa -que ya nada tiene que ver con las de antes- y te la lanzo tan deseperadamente como quien intenta atrapar un león con una tela de araña.

-
¿Qué tal en el bar?- te pregunto. Ahora es cuando un resorte escéptico salta en mi cabeza y me grita algo malo sobre ti. El resorte está atascado. ¿Por qué ibas a mentirme? Sé que no has estado en bar, pero sé que te creo cuando me dices que sí que has estado allí.

-Como siempre, nada especial.- Te miro sin decir nada y te sientes obligado a escupir algo más.-Estoy muy cansado, ya sabes lo pesado que se pone Miguel, me voy a la cama.
Mañana Marta me va a decir que salió con Miguel a cenar, pero yo aún no lo sé. Me acaricias el pelo y me besas otra vez en la mejilla. En mi mente resuena lejana la primera vez que me dijiste te quiero.


Apago la tele, bajo los pies descalzos del sofá y apago las luces mientras voy a nuestra habitación. Me meto en la cama con una extraña mezcolanza de nostalgia y resignación, e ignoro el hecho de que en los bares ya no se puede fumar, que yo nunca llevo colonia y hago como que no he visto el carmín corrido en tu barbilla.

Y me viene a la cabeza una canción de Metallica y pienso... hold me, until it sleeps mientras me abrazo un poco a ti, porque después de todo, creo que me quieres.

sábado, 19 de marzo de 2011

El caballero de la Triste Figura

El Caballero de la Triste Figura estaba profundamente enamorado de la Dama de la Noche Oscura, tanto que consideraba que no era digno de sin par doncella de cabellos negros y piel oscura. Fue por ello que le prometió viajar y conseguirle la más bella flor que encontrara en sus andanzas, para que ella la pudiera lucir el día de su enlace al que sus padres fervientemente se oponían por la alcurnia del joven.
Ella lo amaba tal y como era, con su armadura oxidada, su espada mal templada y su corcel sin herraduras. Nunca le pidió más de lo que le dio, pero él hizo caso omiso y salió en busca de la bella flor para su dama por la que estaba dispuesto a dar la vida si era necesario y prometió regresar para desposar a aquella a la que había jurado amor eterno.

El valiente e intrépido caballero cabalgó doscientos días, hasta que una noche a la luz de la luna, en un hermoso claro de un perfecto bosque la encontró.

Era una joven de cabellos de plata y piel de luna. Y entonces se enamoró. Olvidó a su dama de la noche oscura, pues la Doncella de Luna iluminaba cualquier noche por oscura que fuera.

Y olvidó hasta su nombre, y olvidó su promesa, y su triste figura sólo podía recordar los ojos de la Luna.

La doncella de Luna desapareció al salir el sol, pero el caballero nunca más recordó.

La doncella de la noche Oscura murió esperando a su caballero. Esperaba ver regresar su triste figura de andares parsimónicos cada noche, pero jamás volvió.

lunes, 14 de marzo de 2011

Marie aún suspira.

Burdeos, marzo de 1980.

Marie se levanta, lleva sus dos horas reglamentarias mirando al techo de su habitación, arropada con las sábanas azules que llevan cincuenta años oliendo a naftalina. Se pone las zapatillas de andar por casa que anoche a las 23:00 colocó a los pies de su cama y va a la cocina. Enciende la cafetera, ya lista con el café que rellenó el martes tras tomarse la última taza y coge tres terrones de azúcar que suelta en la vieja taza que le compró su nieta hace quince años. Va al armario y saca la caja con la comida de Biscotte que vuelca en su tazón.

Después del desayuno, va al lavabo y pasa quince minutos mirándose en el espejo sin decir nada.

A las 10:59 se encamina hacia la puerta, y cuando su reloj, al que ayer dio cuerda a las 22:58 marca las once en punto, osa salir al portal y dirigirse al buzón. Hoy es jueves. Solo ha de haber una carta en el buzón, la factura de la casa.
Saca del bolsillo de su bata la pequeña llave que introduce un poco más arriba de la etiqueta de "SVP pas de pub" y se sorprende al encontrar dos sobres. Los coge con recelo y vuelve a entrar en casa.


París, 14 de abril, 1930
Chère Marie:

Me rindo. No puedo continuar con esto. Te debo dos millones de disculpas, jamás debí marcharme. Tú siempre fuiste la única que me quiso, y a la que no quise como debí. Pero, si aun no es tarde y tu corazón me perdona, sería el hombre más feliz del mundo al cumplir todas aquellas promesas que una vez nos hicimos.
Necesito otra oportunidad, te ruego un rendez-vous en el Café de Flore, l´après midi, sobre las 15:30.
Si por el contrario no deseas saber nada más de mi, si has rehecho tu vida, ya que no daré por hecho que aun sigues enamorada de mi, si no vienes, te prometo que me marcharé para siempre, y rezaré para que seas feliz.


Siempre tuyo,

Roman

Marie se levanta, y sale de su casa. En bata, sin llaves, dejando la puerta abierta, sin intención de volver.

En el suelo una breve disculpa de la oficina de correos por el extravío de cartas, al que añaden el problema de cambio de dirección de la destinataria.



Cincuenta años de retraso, y a veces, no vale más tarde que nunca.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Persistencia de la memoria.

El relojero era un joven delgado y solitario que fabricaba los mejores relojes de todo el reino. Venían de las más lejanas tierras con toda clase de exóticos materiales a que el experto relojero los transformara en reflejos del tiempo.
Cuando su padre, el maestro, aun vivía una niña de cabellos oscuros y tez olivácea se cruzó en su camino.
Para la niña, el joven era esa especie de caballero sin armadura que con su sonrisa de plata encandila pequeñas ingenuas. Le encantaba su trabajo. Se divertía dando cuerda a los relojes y le ayudaba siempre en la meticulosa tarea de comprobar si estaban en hora. Cuando acababan de dar cuerda a todos, él le daba un frío beso de buenas noches con sus labios de metal.


La joven lo amaba, mas sabía que él hacia tiempo había querido a una mujer de cabellos negros y ojos felinos, que se debatían entre el azul y el verde; de ahí las rosas del jardín. Él las plantó para ella pues le recordaban sus ojos místicos, y eran la única prueba que cada mañana le aseguraba que ella fue real y no una vaga ilusión.

A la niña le hubiera encantado aprender el oficio, pero a él no le gustaba que se acercara a las pequeñas y frágiles piezas, sus manos siempre estaban llenas de arañazos, no tenían nada que ver con las manos de uñas nacaradas de la mujer.

Desde hacía unos meses nadie acudía a encargar relojes, ya no atendía más pedidos. Se pasaba las horas encerrado en su taller, fabricando un reloj de cristal que fuera más allá de lo que un aparato convencional puede hacer. Solo salía para comer e insistía en hacerlo cerca de las rosas. Su esperanza era volver atrás, recuperar los retazos desmembrados del pasado. Para él el presente era una cárcel invisible, el tiempo que tanto empeño había puesto en medir solo era un impedimento que a cada segundo le alejaba de las pocas esperanzas que alguna vez sembró en el olvido.



Lo que el relojero no sabía, era que la niña era quien cuidaba las rosas azules del jardín. Pues al igual que para él, eran lo único que le unía a lo que más quería.

jueves, 17 de febrero de 2011

Baile en el reino.

"Qué maravilla", piensa. Cuantos colores, olores distintos en el aire. Gente diferente, risas cristalinas, niños que corretean, texturas nuevas... todo está repleto de manjares espectaculares y exóticos, en cada puesto y allí al fondo, entre las callejuelas medievales un mosaico de unos antiguos reyes.

Un laúd delira tímidamente, un violín se le une y las gentes comienzan a dar palmas. La chica de la alegría estrepitosa y el cabello largo cual río de oro, toma a un pequeño de la mano. Empiezan a dar vueltas, y van uniendo a su baile improvisado a todos los viandantes. Entre sonrisas y rostros sorprendidos van girando alrededor del sol del suelo adoquinado, símbolo del reino.

Él la mira, sonríe. Le parece preciosa, brilla tanto como los soles que refulgen en los banderines morados con los que están engalanadas las calles para el día de fiesta. Ella le hace un gesto para que se acerque, él rehusa sonriendo, pero un oportuno empujón le une a la multitud danzante.

Las parejas se entrelazan, giran alrededor unas de otras en perfecta armonía y... ¡cambio! , una señora se enlaza con el joven y otro hombre con ella, se sonríen desde lejos mientras siguen girando.

Hoy es el cumpleaños de la princesa perdida. Él la compra un banderín morado y juntos contemplan el símbolo real y colorean con tizas de colores el sol plasmado en los adoquines.




La danza continúa, más saltos y al final, el laúd y el violín guardan silencio.
Él ladrón y la princesa cierran el baile. Por fin entrelazados...

martes, 18 de enero de 2011

La Bailarina sin zapatos.

Entre las claras calles de Cracovia se desliza la Bailarina sin zapatos. Ágil, da pequeños saltitos mientras anda, lo que hace que su pelo rubio dance. Empieza a llover, le gusta la lluvia, pero no cuando lleva un libro en la mano. Ha estado toda la tarde leyendo en una de las terrazas que se arremolinan en la Plaza Mayor; absorta, en la historia que la acompaña ahora. Es un cuento para niños, o eso pone, aunque a ella le parece muy serio y altamente autobiográfico. La mala del cuento nunca acaba bien y a ella siempre le tocaba ser la bruja malvada a la que todos odiaban cuando jugaba con las otras niñas de la guardería. Se acerca una tormenta. 'Genial', piensa con sarcasmo. Mientras va hacia Ninguna Parte y anda entre las calles contiguas a la plaza, otra cucharada de nostalgia se añade a su té amargo. Se queda mirando a unas escandalosas niñas que ríen y parlotean... le recuerdan tanto a ella y sus amigas... ¿Qué será de ellas? Algunas casadas, la mayoría con trabajo estable y su vida encarrilada, ¿y ella qué? Acaba de empezar en un sitio nuevo. El jefe es un amargado sin pelo y sus compañeras unas cotillas aburridas de sus estúpidas vidas. Menudo panorama... Le devuelve a la realidad un hombre que casi la arrolla al ir distraido hablando alto y rápidamente por el teléfono móvil, lo que le recuerda que ella también tiene uno. Lo saca del bolso y ve un mensaje nuevo de su hermana. Cena familiar esta noche. Pasa. Estarán todos y es demasiado para un solo día enfrentarse consigo misma y con su familia. Sus dedos, con las uñas que aún no ha conseguido dejar de morderse, se deslizan rápidamente sobre la pantalla del aparato. Tiene otros planes... miente. No tiene nada pensado para ningún día de su vida.

Los pies descalzos de la Bailarina sin zapatos le llevan a un recóndito bar con una llamativa fachada roja, en una estrecha callejuela. No ha estado antes, pero no le parece un mal lugar, su aspecto se antoja un tanto bohemio. Empuja suavemente el tirador metálico de la puerta de cristal, y se sienta en un taburete descolorido de la barra. Fuera ha empezado a diluviar, y con un gesto de desdén, se enrolla el pelo a un lado para escurrir el agua de lluvia. Mira su libro... ya de por sí maltratado por el tiempo, ahora casi descolorido. Algunas letras de la portada se han marchado. Lo deja en la barra. Pide un té de pomelo y resopla.

En la mesa mejor situada del local, está el Músico sin Musa. Es la tercera vez esta semana que le rechazan una actuación. Resopla justo a la vez que la Bailarina sin zapatos y rompe una partitura. La que creía su musa se ha ido con un aburrido hombre trajeado, que le ofrece la seguridad de poder pagar el alquiler a fin de mes. Ha cambiado el dinero por sus acordes. Él no tiene nada, solo una guitarra y un montón de papeles. Se lleva la mano a la cara en gesto de disgusto, pero cuando levanta la mirada se fija en la joven que está sentada en el taburete granate de la barra. Mueve los pies al compás de la música distorsionada que suena en el bar. Él sonríe. Decide acercarse a la barra para verla mejor.

Al lado de la taza, descansa el torturado libro. 'Vaya, señorita. Yo también tengo este libro y juraría que las letras eran doradas y el libro verde pistacho'. Ella se dispone a zanjar su intromisión con algo cortante, como hace siempre. Mejor dicho, como hacía siempre. Antes de ver las esmeraldas que el Músico sin Musa tiene para mirar sus ojos azules. No le salen las palabras. Se siente estúpida. Nunca un chico le había dejado sin aliento. Señala la tormenta de fuera y él la sonríe.
La invita a sentarse con él en la mesa de las magníficas vistas, aunque en su opinión, lo único que merece la pena ver está sentada en esa mesa.

Al cabo de un rato, salen del bar. Van riéndose y tambaleándose mientras andan.

El músico ya tiene musa, y la bailarina ha encontrado unos zapatos mejores que los que perdió. Van al baile de los Desencaminados. Él toca, ella baila. Es lo curioso de las tardes de lluvia. A algunos les parecen aburridas, pero a veces sirven para que almas desubicadas se encuentren entre la multitud.

Cogidos de la mano es más fácil ir contra corriente...



Dedicada a Paulina K.

sábado, 15 de enero de 2011

Ojos de gato.

Despunta el sol en la ciudad. Es un día como otro cualquiera. Con ojos azules contempla el panorama que se extiende bajo sus negras patas acolchadas, aún se está planteando a dónde irá primero. Piensa que lo mejor será ir a picar algo de lo que esa anciana deja todos los días en la esquina de la casa destartalada en la calle oscura y húmeda. Le gusta esa calle. La suele frecuentar a menudo. Hay muchos más como él por allí.
Esta mañana se siente bien. No ha sido una mala noche, no ha helado y las noches de los miércoles suelen ser bastante tranquilas en una ciudad como esta. No sabe que hoy es jueves, ni el nombre de la ciudad que domina. ¿Acaso importa?
Se estira cuan largo es y agita suavemente la cola. Hoy será un buen día.
Algunos rayos van lamiendo timidamente el imponente Acueducto. Es su lugar favorito. Lo ha visto en tantas épocas...Le gusta andar por el postigo cuando no hay gente. Los humanos suelen ser un incordio, excepto cuando le dan de comer. Eso le gusta.
Más tarde, cuando la ciudad está completamente despierta, le parece una buena opción merodear por las frías calles del antiguo barrio noble. Vaya... un montón de humanos pequeños están reunidos entorno a un humano mayor, que los habla haciendo aspavientos. Qué raros son... Decide esperar a que se marchen debajo de un coche, claro que él no sabe que ese artilugio se llama así, y poco le importa. Solo le preocupa que no se le lleve por delante como a viejos camaradas suyos.
Finalmente los molestos forasteros se marchan calle abajo, y él los observa desde debajo del coche. Y la ve a ella. Sabe que es ella. No la podría olvidar ni aunque viviera mil años. Esta es su quinta vida y es la décima vez que la encuentra. Ella también le ve. ¿Por qué siempre gritará lo mismo cuando se ven por primera vez? '¡Mira! ¡Un gatito! ¿Lo has visto?, era precioso. Le escribiré algo...'
Sabe lo que ha de hacer ahora, es la elegida. El plan de llenar estómago queda ligeramente pospuesto.


Algo más gordo tiene entre zarpas.

domingo, 9 de enero de 2011

Baile de máscaras.

Ella no baila. Está sentada en un rincón, mira como la gente se divierte y solo ve imágenes desenfocadas. No percibe el ruido, ni las voces, ni las risas. Solo nota como una lágrima le resbala por la mejilla. Está sola, siempre lo ha estado. No sabe por qué finalmente se ha decidido en ir al baile esta noche. Piensa que hubiera sido mejor quedarse en casa... aunque sabe que no es así. Está harta de oír gritos, golpes y portazos, es mejor haber venido, aunque solo sea para hacer tiempo hasta que su padre se duerma, y con un poco de suerte no la oiga llegar. No sabe que él la mira. Él la conoce. No han hablado jamás, pero se conocen. Sabe que es ella por ese collar tan hermoso que lleva en el cuello. Lo lleva desde la primera vez que la vio. Es un colgante dorado con una golondrina. Ella sueña a menudo que es un pájaro y que se escapa volando por la sucia ventana destartalada de su habitación. Eso él no lo sabe, pero le gustaría saberlo, y estaría dispuesto a salir volando con ella si pudiera. Él está decidido, es el tercer año que la mira en el baile, desde lejos, y ha imaginado montones de veces lo que debe hacer ahora. Ahora debe acercarse, e invitarla a bailar. Pero no lo hace. Ella se cansa y decide salir al balcón. Él la sigue y la observa desde el interior, escondiéndose detrás de las cortinas de terciopelo verde que adornan el precioso salón. Él sabía que esto iba a pasar. Sabía que no se atrevería a decirle nada, aunque se había convencido de lo contrario. Pero es astuto y no está dispuesto a dejar pasar la ocasión, lleva demasiado tiempo esperándola. Ella sigue en su mundo, apollada en la barandilla, con la cabeza entre las manos y la mirada perdida. Él se acerca y le deja una nota, justo al lado de la máscara dorada y blanca, con forma de gato que ella se acaba de quitar. Una figura, ataviada con un disfraz, que alguna vez fue negro y una máscara con pliegues en la frente, los cuales están decorados con letras, abandona el baile. Nadie se percata. Un soplo de aire hace tintinear los cascabeles que cuelgan de la máscara de ella. Se gira y encuentra una nota junto al felino sin ojos. Sorprendida, desdobla el arrugado papel, y una hermosa caligrafía reza: 'A medianoche en el puente que hay junto a tu casa, tengo algo que decirte...' El primer pensamiento que le cruza la mente, es que se trata de un loco chiflado, sigue leyendo y lo confirma: 'Puedes pensar que estoy loco, no por ello dejes de venir, por favor' Ella siente curiosidad. Quién será, y qué será eso que tiene que decirle. Él sabe que irá, no sabe por qué, pero lo sabe. Ella también sabe que irá, tampoco sabe por qué pero lo hará. Así pues, mira el reloj, se ata la máscara y vuelve al bullicio del baile, ahora sí lo oye, pero es tan confuso que lo ignora, siempre se la ha dado bien evadirse. Y con su suave vestido morado, con ribetes dorados, se mezcla entre la multitud, y finalmente sale del palazzo. La dulce brisa hace tintinear una vez más los cascabeles, y envuelta en la oscuridad de la noche, se desliza entre las calles, mientras contempla la luna que se refleja en el canal. Ahora solo oye sus pasos, acelera el ritmo sin darse cuenta, y cuando vuelve a la realidad, su pie derecho ya está en el puente. Y allí está él, mirando el agua. Ella se acerca lentamente. Él se quita la máscara. Ella no se mueve, se ha olvidado de respirar. Él no puede dejar de mirar los enormes ojos oscuros que le devuelven la mirada desde detrás de la máscara. Alarga el brazo, pasa su mano por detrás de la cabeza de ella, tira suavemente de la cinta que sujeta la máscara y deshace la lazada. Los cascabeles tiemblan, y la ve a ella, tan preciosa como nunca quisieron que se sintiera. Y lo entienden todo. Y no les importa nada. Y en ese mismo momento, Venecia tal vez arda en algún lugar, quizás algunos duerman, o puede que no... da lo mismo. Su baile de máscaras empieza ahora, ellas son las protagonistas, pues son las únicas espectadoras del momento, les miran con sus cuencas vacías mientras bailan, sin música, el latido de sus corazones guía el pulso. Ahora, por fin, están juntos.


martes, 23 de noviembre de 2010

El Príncipe de la Dulce Pena

He visto un castillo de llamativos colores, en un lugar muy lejos de aquí, donde las gentes hablan parecido y a la vez muy extraño.

He subido un camino interminable hasta llegar al palacio, porque al príncipe le gusta estar solo.

Y ya en los dominios del príncipe he seguido subiendo hasta llegar al palacio, que se alza imponente y alegre y melancólico a la vez, al cual he contemplado desde abajo con ojos enormes e incrédulos.

El palacio parece de cuento, el príncipe tiene buen gusto, sin duda, y desde sus muchas torres, se ve el mar, a lo lejos.

Os he hablado del castillo, ahora os hablaré de su dueño.

el Príncipe de la Dulce Pena, es un romántico perdido, de hecho su reino, es la capital del Romanticismo del País de la Extraña Cercanía.

No hace falta decir que es hermoso, todos los príncipes que conozco lo son. Aunque esta vez son dos cristales marrones los que embriagan.

Ama la melancolía, en eso nos parecemos, bastante, es de los pocos que saben disfrutar del placer de estar triste. Y no sé mucho de él, los príncipes no se abren tan facilmente como los comunes mortales, y mucho menos a tristes doncellas.

Aunque hay una cosa curiosa, seguramente nuestro Príncipe nunca haya estado en su reino, y probablemente no sepa que es suyo, pero yo se lo regalo, porque se lo merece.

Y se regalarían muchos más palacios si hubiera más príncipes que regalasen luz y esperanza a ingenuas delirantes. Y entonces el mundo, sería más bonito, pero ya no tendría sentido evadirse, así que mejor lo dejamos como está... para que no todo el mundo sea príncipe, ni vaya enloqueciendo doncellas.


Palacio da Pena, Sintra. Portugal.