domingo, 24 de abril de 2011

Adiós, pequeño.

-Pero tenías dos peces, ¿no?
-Sí.
-Entonces aún te queda el otro.
-Pero ahora está solo.
-Quién fuera pez para olvidar cada tres segundos que te falta una mitad.



Navega tranquilo en mis recuerdos, pececito. Yo cuidaré de Orochi.

sábado, 23 de abril de 2011

Delirios oníricos.

Había niños que miraban embelesados los pasteles de nata a través del cristal, pero ella no formaba parte de la sociedad anónima de pequeños que soñaban con el olor a pan recien hecho y bizcochos caseros. A Clara lo que le gustaba era mirar a los mayores. No le interesaban los pasteles -a no ser que fueran de chocolate-. Lo que ella soñaba era ser como ellos, como esas personas que se reunían, reían escandalosamente y se miraban con ojos de fuego. Le fascinaba el modo que tenían de pasar por la vida, como si supieran todo de ella, como si lo que viniera después fuera algo nimio, como si sólo importaran los trajes que se iban a poner para aquellas reuniones privadas, en las que los niños como Clara no debían entrar, aunque alguno se colaba. Y es que Clara era sencilla, transparente, predecible. Falda de flores y ojos marrones, con los que miraba como si no hubiera visto nunca, a través de las ventanas de aquel local prohibido al tumulto de corazones ebrios que buscaba entretener -o yo no sé lo que buscaban- sus cansadas almas de no haber empezado a vivir todavía.
¿Por qué los admiraba? No lo sabía, y se lo había preguntado muchas veces. ¿Era ella distinta? No podía serlo. En apariencia no lo era, ¿por qué entonces no le interesaba boquear delante de los pasteles como a los demás?
Se alejó de aquella sala, deslizando sus manitas por el cristal, y cabizbaja se dirigió a los columpios de cadenas.


Vio a lo lejos un niño con sombrero, jugando con algo invisible. Y deseó, deseó con todas sus fuerzas, mucho más de lo que deseaba ser una de ellos, que ese niño que jugaba solo fuera real. Y hubiera soplado todos los dientes de león del mundo por que ese niño existiera y le hiciera algo de compañía en aquella absurda realidad.

viernes, 22 de abril de 2011

Hetfield.


¿Has temblado alguna vez con una voz?

Una voz que se rompe, que se rasga, que vibra, que grita. Que casi hace que te desvanezcas y va hilvanando por dentro una melodía subjetiva, que te embriaga, que te envuelve, y la guitarra lo acompaña y tú con ella, pues te lleva, te lleva lejos. Y subes el volumen, porque cuando la canción baja el tono y suben la batería y la guitarra rítmica apenas logras oír su intrínseca voz y ahí es cuando más dulce suena. Y los brazos de corcheas te arropan, te acunan. Silencio. Punteo. Bajo. Platillos. Delirios interminables de guitarra que te mecen. Y de nuevo, él. Su voz suave o áspera, según la frase. Sugerente, envolvente, inexpugnable. Y tu alma navega por los arcos que describen las notas en el pentagrama, arrullada por el calor de una voz. De su voz. Única, incomparable, que perdura en mi cabeza y que se queda grabada en el subconsciente. Y lo mejor, lo mejor de todo es cuando acaricia la guitarra, y sólo está él, susurrando, con los ojos apagados, regalándonos unos instantes mágicos, diciéndonos que nada más importa.


Y es verdad, porque sólo la música es capaz de hacernos olvidar de esta forma, y sólo su voz me lleva tan lejos.

martes, 19 de abril de 2011

Delirios sinestésicos.

Se sentía idiota, algo estúpida, bastante tonta. Porque después del tiempo a la deriva, los susurros a voces, y el desentusiasmo general, volvían a mecerse las mariposas suicidas en su estómago de las que ya habló alguna vez. Y es que se preguntaba por qué demonios no se morían las lúgubres polillas de alas carcomidas que se resistían a dejar de dar guerra en sus entrañas.
Si no podían revolotear libres, soltando ese maravilloso polvo de hadas que le hacía flotar, ¿por qué no se iban definitivamente? Tal vez habían sufrido de catalepsia, y cuando las creía muertas, apagadas para siempre, se convulsionaban con fúnebre alegría, pues eran demasiado cobardes para ser mariposas suicidas, demasiado ingenuas, jamás tendrían el valor de hacerlo.



Y ya las vale, de veras que ya las vale. No sé qué vamos a hacer con ellas... Siempre acaban provocando sonrisas turbadas que no valen nada, que nunca serán nada.

lunes, 18 de abril de 2011

Madrid.

Necesito un tiempo. Espacio, margen, algo de prórroga. Estoy cansada. De todo, de nada. ¿Qué más da? De los suspiros incongruentes, de los cafés con doble de amargura. Quiero que por unos días sea sólo el tráfico madrileño lo que me quite el sueño, que me duelan los pies de tanto andar y los ojos de ver cosas. Que me salga el arte por las orejas, y si hace falta que no quepan más adquisiciones en mi mochila. Quiero dejar de ensayar los guiones del día siguiente por la noche y dejar de discutir por tonterías. Dejar de anhelar partículas suspendidas en el aire y contaminarme un poco de vida, aunque sepa a asfalto y polución.


Eso sí, Crocky se viene conmigo. Ser el único que no rehúye mis abrazos alguna recompensa debía merecer.

domingo, 17 de abril de 2011

Despedida a un día de primavera.

Hoy harías dos años, si no te hubieras ido hace unos días, para no volver a traspasar la puerta verde desde la que nos recibías siempre con tus maullidos. No le he dicho a nadie que hoy es tu cumpleaños. A nadie le importa. Te has ido, como todos los otros. Pero, ¿sabes qué, nena? Estoy muy cansada de estos juegos con el alma. Que tal vez habrás acabado en las fauces de un mastín, no quiero saberlo, al igual que no quise ver a los neonatos que dejaste solos entre la madreselva.
¿Y cómo pinto yo ahora tu casa sin tus ojos verdes? Porque nos entendíamos, tal vez mejor de lo que lo que me he entendido con algunos de mi triste especie.

No me imagino esto sin ti, pequeña. Ya no recuerdo cómo era todo antes de que un día de primavera fuera yo a buscarte cerquita de la Mujer Muerta, te llevara al que iba a ser tu reino absolutista, porque tú siempre mandabas. Casi cabías en la palma de mi mano, y tus ojos no eran verdes todavía.

Sabes que miraré todos los días desde la puerta de un verde más oscuro que tus ojos, a ver si apareces, y nos haces compañía, a mí y a tu nena rubia, que te echará también de menos, Haruhi.

viernes, 15 de abril de 2011

Sonríe, gato risón.

-Me encanta esa sonrisa que has puesto.

-¿Qué tiene de especial? Me paso media vida sonriendo.

-Sí, pero es esa sonrisa que pones por las cosas tontas.

-Las cosas tontas como tú.



>>Supongo que me haces feliz, aunque estés tan lejos.