Cada vez que alguien riñe con el tiempo me entran ganas de reír. Cada vez que alguien le culpa de sus miserias me siento confundida. ¿Por qué la gente tiene ganas de discutir con algo que no existe?
Admito que existe la medida del tiempo. Puedo decirte exactamente cuánto tiempo ha pasado desde que te fuiste. Setecientas cuarenta y seis lunas, contando la de hoy. Calculo que varias tormentas y otra gran multitud de fenómenos atmosféricos nos han sucedido. Pero entre esos segundos que te han intentado arañar y las veces en que has puesto nombre a un granito de algún reloj de arena no hay equivalencia ninguna con los minutos que marcaba una aguja. Ni con la fecha que daba el calendario.
Se ríe el tiempo y la memoria de aquellos lugares de Segovia en los que alguna vez convergiste conmigo en tiempo y espacio. Y se ríe también de aquellas tardes de invierno y de esa frase de Shakespeare que argumentaba que el tiempo es eterno para los que aman. Y me río yo de la línea espacio-tiempo que nos separa de algunos momentos, que ya no sé si recuerdo haber vivido. Si se trata de ti, recuerdo más las cosas que nunca pasaron. A lo mejor es porque conecto bien con mis 'yos' paralelas, por ejemplo, con esa que está todavía contigo.
El tiempo es una alucinación. No creo más en él de lo que creo en que hayas existido. Tal vez tú seas una alucinación. Un retazo descolgado de un tiempo que no existe. Una persistencia de la memoria que se niega a admitir que puedan colarse partículas de tiempo que no encajan con la realidad esa absurda que se inventa la gente para dormir tranquila.
Me río yo del tiempo. En cualquier caso, no ha sido el tiempo el que se ha llevado tu olor. Ha sido la desidia.
miércoles, 6 de febrero de 2013
lunes, 4 de febrero de 2013
Delirios dramáticos.
Suenas como esa guitarra eléctrica que acaricias, sabes a futuro incierto y hueles a melancolía con sonrisas. Pareces ese acorde que nadie ha escrito y te guardas en un baúl que no se ha abierto. Eres como ese beso que nunca se dio y aquel para nunca que jamás se dijo. No te busco. No te encuentro. Estás hecho de la misma materia que mis sueños, como decía Shakespeare, al que citas y recitas casi a diario. A veces escribes una obra sobre nosotros, pero todavía no me has puesto nombre. Buscas una Julieta, aunque te conformas con Ofelias de compañías de bajo presupuesto que te entretienen por instantes. Y entre acto y acto escribes poemas sin dedicatoria. Creo que alguno es para mí, aunque no sé si lo sabes.
Me recuerdas a una canción que ya no suena y creo que nos hemos visto en ninguna parte, no sé si te acuerdas.
Me parece que eres el perfume extraño que huelo en mi almohada, aunque también puede ser que mamá haya cambiado de detergente. Y esos ojos de infinidad cromática que veo en todas partes son tuyos, ¿no? Claro, igual que ese sombrero anticuado que pierdo entre la multitud y esa risa que se desvanece si me doy la vuelta en algún bar para buscarla. ¿Crees que te echaré mucho de menos hasta que llegues?

Bueno, si me ves salúdame. Me hará ilusión.
Me recuerdas a una canción que ya no suena y creo que nos hemos visto en ninguna parte, no sé si te acuerdas.
Me parece que eres el perfume extraño que huelo en mi almohada, aunque también puede ser que mamá haya cambiado de detergente. Y esos ojos de infinidad cromática que veo en todas partes son tuyos, ¿no? Claro, igual que ese sombrero anticuado que pierdo entre la multitud y esa risa que se desvanece si me doy la vuelta en algún bar para buscarla. ¿Crees que te echaré mucho de menos hasta que llegues?

Bueno, si me ves salúdame. Me hará ilusión.
lunes, 21 de enero de 2013
La quête du Paradis.
ÉLISE DIDEROT CASABLANCA C8659 36 SERVICIO TELEGRÁFICO A JULES DIDEROT MADRID C9235 6 = ENCONTRADA UBICACIÓN GEOGRÁFICA DEL PARAÍSO.
ÁMBITO REDUCIDO. CUESTIÓN PERSONAL, PROLONGO VIAJE.
EXACTAMENTE HALLADO A TRES CENTÍMETROS DE SU BOCA.
lunes, 14 de enero de 2013
La noche es neutra.
El eco de unos zapatos inunda la calle. Camina de noche por una avenida cualquiera, en alguna ciudad de Europa muy lejos de ésta. Me gusta hablar de Praga, por las conversaciones de antaño. Pero no la conozco, así que podemos dejarlo en París, que siempre tiene su encanto. Montmartre, si quieres. Yo me perdería por Montmartre, si estuviera en París, y como supongo que quien anda soy yo, tendrá que ser allí.
Entonces resuena el eco de los zapatos en una calle de Montmartre, hemos quedado. Y se exaspera ante la idea de subir más escaleras hasta llegar a donde quiera que vaya en el barrio más alto de París. Y también ante el recuerdo de Segovia a través del empedrado subalterno en el que, al igual que pasa siempre aquí, se quedan encajados los tacones de los zapatos. Algunas cosas nunca cambian, supongo. Pero ella es el río de Heráclito, y a los dos minutos la roca impertérrita a la que no logra arrastrar la corriente.
Cuando eres el río te toca cambiar. Sí, y cambias. Cambia tu aspecto. Seguramente sea lo primero que cambie. No se come bien en Francia, no sabe a casa. Cambian tus horarios, tus planes, tu ritmo.
Cuando eres piedra cambia lo que te rodea. Cambian los que te rodean, cambia tu tiempo, cambia tu espacio.
Lo que aún no se han movido son los recuerdos. Ni un poquito. Solía pensar que la comezón en el pecho y el mal sabor de boca desaparecerían en cuanto subiera al avión. Que la literatura francesa, Rimbaud o Baudelaire, le harían olvidar. No contó con ser el río. Los libros nunca serían los mismos si cambiabas desde dónde los leías. No la culpo, quiero decir, no me culpo. Por querer salir de la miseria. Por esperar un poco más del mundo. Por querer dejar el vicio a las lágrimas engarzadas entre las fibras de la ropa.
Cuando eres idiota piensas en antes. Si eres yo, estás obligada a hacerlo. Es una proposicón lógica muy simple. Y tienes que usar el pretérito imperfecto. Es una cuestión de estilo. Técnicas literarias, ya sabes. De los que creen que saben algo. Sitúa al lector en un pasado remoto y transporta los sentimientos lejanos al presente atemporal en el que se ubica la historia. Chorradas, sin duda. El caso es que en la estúpida noche de París los recuerdos no se marchan. Bailan al son de los zapatos que intentan pisotearlos sin éxito. Te quise. Supongo que aún puedo hacerlo. Pero también me quise, aunque fuera un poco menos.
Solía pensar que la noche era nuestra. Ahora sé que la noche es neutra. Y que nuestra es solo la culpa.
Entonces resuena el eco de los zapatos en una calle de Montmartre, hemos quedado. Y se exaspera ante la idea de subir más escaleras hasta llegar a donde quiera que vaya en el barrio más alto de París. Y también ante el recuerdo de Segovia a través del empedrado subalterno en el que, al igual que pasa siempre aquí, se quedan encajados los tacones de los zapatos. Algunas cosas nunca cambian, supongo. Pero ella es el río de Heráclito, y a los dos minutos la roca impertérrita a la que no logra arrastrar la corriente.
Cuando eres el río te toca cambiar. Sí, y cambias. Cambia tu aspecto. Seguramente sea lo primero que cambie. No se come bien en Francia, no sabe a casa. Cambian tus horarios, tus planes, tu ritmo.
Cuando eres piedra cambia lo que te rodea. Cambian los que te rodean, cambia tu tiempo, cambia tu espacio.
Lo que aún no se han movido son los recuerdos. Ni un poquito. Solía pensar que la comezón en el pecho y el mal sabor de boca desaparecerían en cuanto subiera al avión. Que la literatura francesa, Rimbaud o Baudelaire, le harían olvidar. No contó con ser el río. Los libros nunca serían los mismos si cambiabas desde dónde los leías. No la culpo, quiero decir, no me culpo. Por querer salir de la miseria. Por esperar un poco más del mundo. Por querer dejar el vicio a las lágrimas engarzadas entre las fibras de la ropa.
Cuando eres idiota piensas en antes. Si eres yo, estás obligada a hacerlo. Es una proposicón lógica muy simple. Y tienes que usar el pretérito imperfecto. Es una cuestión de estilo. Técnicas literarias, ya sabes. De los que creen que saben algo. Sitúa al lector en un pasado remoto y transporta los sentimientos lejanos al presente atemporal en el que se ubica la historia. Chorradas, sin duda. El caso es que en la estúpida noche de París los recuerdos no se marchan. Bailan al son de los zapatos que intentan pisotearlos sin éxito. Te quise. Supongo que aún puedo hacerlo. Pero también me quise, aunque fuera un poco menos.
Solía pensar que la noche era nuestra. Ahora sé que la noche es neutra. Y que nuestra es solo la culpa.
lunes, 7 de enero de 2013
If you love my hardcore...
A veces dejo de creer. Sin más. Creo que es como una prueba de resistencia para ver cuánto tardo en romperme el corazón a mí misma.
Le pedí una prueba de amor eterno. Ya sabes, para agarrarme a algo en uno de mis abismos emocionales. Y lo que hizo fue regalarme un atrapasueños. Incluso se inventó una historia para mí. Una en la que cada vez que creyera que no me quería ya más solo tenía que dormir debajo de ello para darme cuenta de que no era así.
A veces soy tan idiota...
porque de vez en cuando esa fe que me falta le deja huella. Hace que le tiente la idea de rendirse, y no quiero eso. Pero hay una cosa que nunca le he dicho... Sin su presencia a veces lejana, sin su mano, sin el color de su pelo, sin ese símbolo irracional rechoncho que quiero plasmar en mi piel -como símil de mi alma-; me hubiera perdido hace tiempo.
Nunca sabes lo que te espera. Pero me hace feliz la opción del letargo bajo esas hojas de colores hechas con goma EVA.
Le pedí una prueba de amor eterno. Ya sabes, para agarrarme a algo en uno de mis abismos emocionales. Y lo que hizo fue regalarme un atrapasueños. Incluso se inventó una historia para mí. Una en la que cada vez que creyera que no me quería ya más solo tenía que dormir debajo de ello para darme cuenta de que no era así.
A veces soy tan idiota...
porque de vez en cuando esa fe que me falta le deja huella. Hace que le tiente la idea de rendirse, y no quiero eso. Pero hay una cosa que nunca le he dicho... Sin su presencia a veces lejana, sin su mano, sin el color de su pelo, sin ese símbolo irracional rechoncho que quiero plasmar en mi piel -como símil de mi alma-; me hubiera perdido hace tiempo.
Nunca sabes lo que te espera. Pero me hace feliz la opción del letargo bajo esas hojas de colores hechas con goma EVA.
viernes, 21 de diciembre de 2012
Refugio navideño.
Navidad es esa época de reencuentros. Ese momento en el que la gente se mueve por la inercia y decide quererse un poco. La excusa perfecta para ella.
Nunca soportó no sentirse querida. No sentirse necesitada. Jamás soportó que las personas a las que realmente quería pudieran vivir sin ella. Así que un día se fue. Y renunció a volver... excepto en Navidad.
Ese era su plan secreto. Faltar todo un año, para que a la gente de donde volvía les diera tiempo a echarla de menos. A darse cuenta de que no estaba. Para ser feliz y sonreír con la imagen de alguien esperándola en un aeropuerto al otro lado del océano. Y, en realidad, era la única manera que tenía de seguir adelante.
Así que llegaba todos los años, con una maleta con apenas ropa y un montón de regalos. Se encontraba con la gente, recordaba cosas, momentos... y después se marchaba. Antes de que acabaran las vacaciones. Sintiéndose algo más querida.
Y preguntándose si también habría reencuentro al regreso a su lugar de huida o si tendría que quedarse más tiempo en el refugio navideño.
Nunca soportó no sentirse querida. No sentirse necesitada. Jamás soportó que las personas a las que realmente quería pudieran vivir sin ella. Así que un día se fue. Y renunció a volver... excepto en Navidad.
Ese era su plan secreto. Faltar todo un año, para que a la gente de donde volvía les diera tiempo a echarla de menos. A darse cuenta de que no estaba. Para ser feliz y sonreír con la imagen de alguien esperándola en un aeropuerto al otro lado del océano. Y, en realidad, era la única manera que tenía de seguir adelante.
Así que llegaba todos los años, con una maleta con apenas ropa y un montón de regalos. Se encontraba con la gente, recordaba cosas, momentos... y después se marchaba. Antes de que acabaran las vacaciones. Sintiéndose algo más querida.
Y preguntándose si también habría reencuentro al regreso a su lugar de huida o si tendría que quedarse más tiempo en el refugio navideño.
lunes, 3 de diciembre de 2012
En noches como ésta.
''En noches como ésta la tuve entre mis brazos...''
En noches como ésta me acuerdo de esa noche. Aquella noche extraña con su extraño idilio.
En noches como ésta -que podría ser cualquier otra- en la que me apetece romper cosas, o tirar mi vida por la ventana, me acuerdo de esa noche y me calmo un poco.
En noches como ésta, me salva un poco esa noche efímera, de un lejano y fugaz día de algún septiembre que no sé si recuerdo haber vivido. Estabas más preciosa que nunca, y eso que sólo recuerdo la luz de tus ojos y el tacto de tus brazos. La considero una noche especial -al margen de todas las que paso contigo- porque es el mejor recuerdo de abrazo que tengo. Me abrazaste sin coraza, ni física- sin esa que te pones para enderezarte la espalda- ni metafórica -esa que te pones para evitar rozaduras en el alma-. Y recuerdo la adecuación y el contexto de tu barbilla en mi frente. Y no sé si alguna vez ha habido puzzle que encajara mejor en toda la historia.
Noches como esa me salvan del frío y del invierno perpetuo en la recámara. Una noche como esa en la que fuiste tú, fui yo y también, si cabe, ese nos. (con abreviatura por si el morfema derivativo de género te parece muy feo, y prefieres creer que es todo distinto...)
En esta noche extraña, sin su tan extraño idilio, pienso un poco más y siento un poco menos -¿o era al revés?-. En noches como ésta me doy cuenta de que es imposible que no terminen hablando de ti todas las canciones, todos los poetas -entre ellos Neruda-, y todos los filósofos. Si te hubieran tenido delante, no hubieran tenido que preguntarse por no sé qué arjé de una fisis subversiva.
En noches como ésta me acuerdo de esa noche. Aquella noche extraña con su extraño idilio.
En noches como ésta -que podría ser cualquier otra- en la que me apetece romper cosas, o tirar mi vida por la ventana, me acuerdo de esa noche y me calmo un poco.
En noches como ésta, me salva un poco esa noche efímera, de un lejano y fugaz día de algún septiembre que no sé si recuerdo haber vivido. Estabas más preciosa que nunca, y eso que sólo recuerdo la luz de tus ojos y el tacto de tus brazos. La considero una noche especial -al margen de todas las que paso contigo- porque es el mejor recuerdo de abrazo que tengo. Me abrazaste sin coraza, ni física- sin esa que te pones para enderezarte la espalda- ni metafórica -esa que te pones para evitar rozaduras en el alma-. Y recuerdo la adecuación y el contexto de tu barbilla en mi frente. Y no sé si alguna vez ha habido puzzle que encajara mejor en toda la historia.
Noches como esa me salvan del frío y del invierno perpetuo en la recámara. Una noche como esa en la que fuiste tú, fui yo y también, si cabe, ese nos. (con abreviatura por si el morfema derivativo de género te parece muy feo, y prefieres creer que es todo distinto...)
En esta noche extraña, sin su tan extraño idilio, pienso un poco más y siento un poco menos -¿o era al revés?-. En noches como ésta me doy cuenta de que es imposible que no terminen hablando de ti todas las canciones, todos los poetas -entre ellos Neruda-, y todos los filósofos. Si te hubieran tenido delante, no hubieran tenido que preguntarse por no sé qué arjé de una fisis subversiva.
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