Me gustaría poder presumir de haber(te) besado en todos los puentes de Venecia y Praga, pero solo puedo hacerlo de haber bañado mis labios con sal -y no con saliva- en casi todos los rincones de una ciudad que a veces no parece la mía.
Me gustaría decir que pertenezco a un siglo que no es este, donde se evoca a las princesas con la mente y se juega a ser caballero de levita y sombrero. Brotar cada mañana de una novela de Stevenson y perder a las cartas en el club de los suicidas.
Me gustaría volverme mariposa, de aquellas que escribía cuando creía en los subterfugios decimonónicos y en la verborrea modernista. Me gustaría llorar y escribir a partes iguales, es decir, escribir tanto como lloro, y poniendo tantas ganas en ello como cuando sollozo, en bocanadas cortas, y apenas sin aire, diciendo lo que mi cabeza intenta ignorar cuando mi corazón grita.
Me gustaría soñar como si los sueños nunca se truncasen igual que esa Margarita de Rubén Darío; como si Rimbaud me estuviese esperando en algún París del mundo (porque todas las ventanas destartaladas hablan de París entre susurros). Quisiera soñar, y sin olvidar nunca a Wilde y a sus pesadillas, que también son sueños, aprender a ver la belleza en todo lo tétrico que me envuelve, como hizo Baudelaire con sus flores. Y entender, entonces, que los ángeles solo existen porque existen los demonios, o viceversa. Que todo tiene un lado amargo y uno dulce, que la vida avanza porque existe la dialéctica de Hegel: que una tesis y su antítesis, dan lugar a una síntesis y así, hasta que pase ese algo que nunca sucede.
Quiero convertirme en aire, en lluvia, en golondrina. Morir como el ruiseñor, tiñendo una rosa, en un vano intento de inmolarse por eso que llamamos amor.
Quiero deshacerme en un beso, de esos que solo tú has sabido darme. De esos que purgan el alma, y exorcizar mis demonios con las notas vibrantes de tu saliva.
martes, 27 de agosto de 2013
lunes, 29 de julio de 2013
Patria y presidio
Patria es donde naces, y no mentiría si dijese que nací la primera vez que te besé, para morir la primera vez que me dejaste en casa, y revivir cuando volví a verte. Patria es donde te acogen, donde te quedas, porque te miman. Patria es donde perteneces, donde está tu gente. Patria eres tú cuando te miro, y cuando cierro los ojos, también; porque muchas veces, hasta los cierro para encontrarte. Incluso cuando me duermo entre tus brazos, y te resignas, y me besas y me miras, y acabas por dormirte tú también. Y sé que haces todo esto por lo que te estoy diciendo: dormir es otra forma de buscarte, igual que irse es otra forma de volver. Y yo, amor, te veo mejor con los ojos cerrados. Te reinvento y te tengo, y te pruebo; para después abrirlos y volver a tenerte. Para reinventarme yo también, y conmigo, ocho millones más de formas en las que reenamorarte, si no cada día, por lo menos a la semana.
Te convertiste en mi patria, al más puro estilo Ángel González, y naciste, tú también de nuevo, para ser Ítaca, y yo, Penélope, y olvidarme de odiseas. Y si fue al más puro estilo Ángel González, patria lleva implícito presidio. Y a veces temo, y dudo y sé que piensas que de los presidios se busca la huida. Que toda treta va directa a buscar rendijas por las que escaparse. Pero luego pienso, y pienso mejor -porque no siempre me sale eso a la primera- que no te convertiste en mi patria, sino que te convertí yo en ella, y que si patria lleva implícito presidio, yo misma así lo quise. Y que si esto lleva implícito algún tipo de contradicción, se lo cuenten a aquel Sartre que nos condenaba a ser libres.
No sé si me estoy explicando, pero con esto, lo único que quiero decirte, amor, es que te hice Ítaca para que fueras tú conmigo. Para que fueses tú y yo fuese yo y no 'para ti', ni 'por ti', ni 'a causa de ti'; sino contigo. Ir de esa mano de la que tú hablaste. Y coordinarnos y coordenarnos en un lugar geográfico al sur de tu cintura, donde las mareas no son cíclicas, pero siempre vuelven, y las brisas no son otra cosa que suspiros. Donde tú no estás 'para mí', ni 'por mí', ni 'a causa de mí', sino conmigo.
Donde Ítaca es mi mejor metáfora, porque se convierte en acto y va más allá de una función meramente lingüística. Donde eres tú, y puedes deshacerte de mi tropo, y convertirte en sinestesia de quien quieras; o donde, al menos por ahora, puedes quedarte, y seguir, no 'por mí', ni 'para mí', ni 'a causa de mí'; sino conmigo.
Te convertiste en mi patria, al más puro estilo Ángel González, y naciste, tú también de nuevo, para ser Ítaca, y yo, Penélope, y olvidarme de odiseas. Y si fue al más puro estilo Ángel González, patria lleva implícito presidio. Y a veces temo, y dudo y sé que piensas que de los presidios se busca la huida. Que toda treta va directa a buscar rendijas por las que escaparse. Pero luego pienso, y pienso mejor -porque no siempre me sale eso a la primera- que no te convertiste en mi patria, sino que te convertí yo en ella, y que si patria lleva implícito presidio, yo misma así lo quise. Y que si esto lleva implícito algún tipo de contradicción, se lo cuenten a aquel Sartre que nos condenaba a ser libres.
No sé si me estoy explicando, pero con esto, lo único que quiero decirte, amor, es que te hice Ítaca para que fueras tú conmigo. Para que fueses tú y yo fuese yo y no 'para ti', ni 'por ti', ni 'a causa de ti'; sino contigo. Ir de esa mano de la que tú hablaste. Y coordinarnos y coordenarnos en un lugar geográfico al sur de tu cintura, donde las mareas no son cíclicas, pero siempre vuelven, y las brisas no son otra cosa que suspiros. Donde tú no estás 'para mí', ni 'por mí', ni 'a causa de mí', sino conmigo.
jueves, 25 de julio de 2013
De precipicios y pestañas.
Me sabe la boca a triste y en el pecho me escuece el Atlántico. Sé que sabes que a veces me caigo, y tal vez sea cierto que no sepa levantarme sola. Pero, amor, por el aleteo de tus pestañas muero dos veces y resucito una tercera. Y no hay manera humana de no pensarte veinticinco horas al día. Todos los días de la semana.
Eres mi coordenada sintáctica y geográfica favorita. Y este nexo copulativo, mi certeza preferida. Y si tuviera que subordinar algo, sería ese tiempo que no existe, para invertirlo en cosquillas en tu espalda.
Pero no hemos venido a hablar de cuánto te quiero, de cuánto te admiro, de cuánto me gusta tenerte. Era solo una declaración, una excusa, un texto como pretexto de que, si me sabe la boca a triste, es porque te vas. Y si, por algún casual -o yo no sé por qué circunstancias del destino- ves que en mis ojos brilla un haz de luz, es porque cuando vuelva a verte, te querré mejor después de haberte tenido lejos, y que si me escuece el Atlántico en el pecho, es de los besos de sal que te di, que se me han metido muy dentro, y por eso lloro, a veces. Y sé que no sabes, aunque deberías saberlo, que si me caigo, y es cierto eso que dices, y no sé levantarme sola, es porque algunas veces fuimos nubes con la mente, y duele la realidad, de vez en cuando, al salir de la burbuja y respirar el aire de fuera. Y creo que deberías saber, también, que lo único que callo cuando crees que me escondo, son mis miedos para que no te hagan daño, pero que ninguno lleva tu nombre, y que creo en ti como te pedí que creyeras tú en mí. Y también quiero que sepas que la justicia poética no existe, porque tengo la metáfora más bonita del mundo suspirando en mi cama, y eso no puede ser justo. Y si me sabe la boca a triste, igual es por el aire que exhalo justo antes de saltar al precipicio. Ese que se extiende ante mis ojos cada vez que abres los tuyos
y los cierras... para volver a abrirlos un instante después, y es justo en ese momento, cuando me colgaría de tus pestañas, y viviría eternamente en el mar de cielo de tus párpados.
Recuerda que si caímos en picado es porque a veces fuimos nubes con la mente.
Eres mi coordenada sintáctica y geográfica favorita. Y este nexo copulativo, mi certeza preferida. Y si tuviera que subordinar algo, sería ese tiempo que no existe, para invertirlo en cosquillas en tu espalda.
Pero no hemos venido a hablar de cuánto te quiero, de cuánto te admiro, de cuánto me gusta tenerte. Era solo una declaración, una excusa, un texto como pretexto de que, si me sabe la boca a triste, es porque te vas. Y si, por algún casual -o yo no sé por qué circunstancias del destino- ves que en mis ojos brilla un haz de luz, es porque cuando vuelva a verte, te querré mejor después de haberte tenido lejos, y que si me escuece el Atlántico en el pecho, es de los besos de sal que te di, que se me han metido muy dentro, y por eso lloro, a veces. Y sé que no sabes, aunque deberías saberlo, que si me caigo, y es cierto eso que dices, y no sé levantarme sola, es porque algunas veces fuimos nubes con la mente, y duele la realidad, de vez en cuando, al salir de la burbuja y respirar el aire de fuera. Y creo que deberías saber, también, que lo único que callo cuando crees que me escondo, son mis miedos para que no te hagan daño, pero que ninguno lleva tu nombre, y que creo en ti como te pedí que creyeras tú en mí. Y también quiero que sepas que la justicia poética no existe, porque tengo la metáfora más bonita del mundo suspirando en mi cama, y eso no puede ser justo. Y si me sabe la boca a triste, igual es por el aire que exhalo justo antes de saltar al precipicio. Ese que se extiende ante mis ojos cada vez que abres los tuyos
y los cierras... para volver a abrirlos un instante después, y es justo en ese momento, cuando me colgaría de tus pestañas, y viviría eternamente en el mar de cielo de tus párpados.
Recuerda que si caímos en picado es porque a veces fuimos nubes con la mente.
domingo, 21 de julio de 2013
Casa
¿Por qué suenas a despedida si eres casa?
Casa es donde está el corazón
y tú tienes el mío,
amor.
No te despidas,
porque no te vayas a ir,
o hazlo,
solo para volver conmigo.
Llevo una semana sin desearte felices días,
porque lo de 'feliz'
está implícito en 'contigo'.
Y para darte las buenas noches,
prefiero hacerlo en fonemas
y no en letras;
y que tú me respondas
en sílabas roncas al oido.
Llevo mucho tiempo sin escribirte
porque he descubierto
eso de cambiar los lápices por los dedos
y escribirte poesía
en código morse.
Llevo demasiado (poco)
tiempo
perdida en tus ojos mar de cielo
y no sé si estoy en el cielo o en el infierno
-por el calor asfixiante-
cada vez que abres los ojos
en medio
de la oscuridad para mirarme.
¿Por qué suenas a despedida si eres casa?
Despedirme es siempre
una excusa
para volver a verte,
no lo olvides.
Casa es donde está el corazón
y tú tienes el mío,
amor.
No te despidas,
porque no te vayas a ir,
o hazlo,
solo para volver conmigo.
Llevo una semana sin desearte felices días,
porque lo de 'feliz'
está implícito en 'contigo'.
Y para darte las buenas noches,
prefiero hacerlo en fonemas
y no en letras;
y que tú me respondas
en sílabas roncas al oido.
Llevo mucho tiempo sin escribirte
porque he descubierto
eso de cambiar los lápices por los dedos
y escribirte poesía
en código morse.
Llevo demasiado (poco)
tiempo
perdida en tus ojos mar de cielo
y no sé si estoy en el cielo o en el infierno
-por el calor asfixiante-
cada vez que abres los ojos
en medio
de la oscuridad para mirarme.
¿Por qué suenas a despedida si eres casa?
Despedirme es siempre
una excusa
para volver a verte,
no lo olvides.
lunes, 1 de julio de 2013
Rose des vents
Es alguna hora entre las seis y las siete de la mañana, y amanece. Ha sido un San Juan mágico, sin hogueras, que esas ya las llevamos por dentro. Yo siempre he sido una chica de atardeceres, pero el amanecer de esta mañana se presenta convincente, y te ilumina, y Segovia está casi tan bonita como tú desde ese lugar de la muralla.
Tú estás preciosa y yo estoy pensando. Estoy empapándome de la luz que irradia un sol que despunta pero que aún no se asoma, con el respeto de la ordenación universal por si abre los ojos y aún nos estamos besando. Pero esta vez sí puede mirar, solamente estamos acurrucadas debajo de una mantita que, realmente, no abriga nada. Hace frío y sopla el viento. Y lo mejor, es que parece que estamos en cualquier otra parte. No solo física, sino mentalmente. Y te abrazo y me siento en casa. En esa casa imaginaria, en esa idea platónica del hogar, en esa patria -no sé si también presidio- a la que hasta el más feroz aventurero acaba volviendo, tarde o temprano.
Y me autoconvenzo, aunque como todas mis convicciones, tarde poco en esfumarse esa idea; de que este viento que sopla es de cambio, y que esta noche mágica, con su amanecer más mágico aún, traerá un cambio. Algo que me permita sonreír en el momento -que debería ser- el más bonito de mi vida. Un rumbo, una esquina por la que empezar a tirar de la manta. Una ruta que trazar y un poco de valor para llevarlo a cabo. Una orientación espacio temporal, una ubicación, imprecisa o concisa, tanto da.
Una brújula, que no señale al norte, sino a lo que quiero. Para que así, esté bien o mal ese deseo, tenga la convicción de saber que estoy en el momento y el lugar adecuado, incluso fuera de tus sábanas.
Y si te sientes perdido con tus ojos no has de ver...
hazlo con los de tu alma y encontrarás la calma
tu rosa de los vientos seré..
Tú estás preciosa y yo estoy pensando. Estoy empapándome de la luz que irradia un sol que despunta pero que aún no se asoma, con el respeto de la ordenación universal por si abre los ojos y aún nos estamos besando. Pero esta vez sí puede mirar, solamente estamos acurrucadas debajo de una mantita que, realmente, no abriga nada. Hace frío y sopla el viento. Y lo mejor, es que parece que estamos en cualquier otra parte. No solo física, sino mentalmente. Y te abrazo y me siento en casa. En esa casa imaginaria, en esa idea platónica del hogar, en esa patria -no sé si también presidio- a la que hasta el más feroz aventurero acaba volviendo, tarde o temprano.
Y me autoconvenzo, aunque como todas mis convicciones, tarde poco en esfumarse esa idea; de que este viento que sopla es de cambio, y que esta noche mágica, con su amanecer más mágico aún, traerá un cambio. Algo que me permita sonreír en el momento -que debería ser- el más bonito de mi vida. Un rumbo, una esquina por la que empezar a tirar de la manta. Una ruta que trazar y un poco de valor para llevarlo a cabo. Una orientación espacio temporal, una ubicación, imprecisa o concisa, tanto da.
Una brújula, que no señale al norte, sino a lo que quiero. Para que así, esté bien o mal ese deseo, tenga la convicción de saber que estoy en el momento y el lugar adecuado, incluso fuera de tus sábanas.
Y si te sientes perdido con tus ojos no has de ver...
hazlo con los de tu alma y encontrarás la calma
tu rosa de los vientos seré..
jueves, 20 de junio de 2013
Liberta.
-Mamá, este finde no voy a ir, tengo mucho que estudiar y estoy muy agobiada...-se oye algún que otro balbuceo al otro lado del teléfono como respuesta pero realmente ya no está escuchando. Cuelga el auricular y éste sería el momento perfecto para dar una calada a un cigarrillo, si fumase. El no fumar, estéticamente, a veces, es una pena. Quedaría muy dramático. Pero... hay tantas cosas que son una pena. Como el tener esa clase de relación con su madre. También quedaría muy estético y modernista eso de imaginarse hablando con su futuro hijo. Y pensar en las cosas que haría y en los errores que intentaría evitar, pero hasta en ese pensamiento, íntimo y privado, se cuela la voz de su madre acusándola de creerse mejor de lo que en realidad es. Con ese retintín que exclama la inteligencia de la que supuestamente hace acopio y que usa como patente de corso para hacer lo que le dé la gana. Esa fue graciosa. Si es que existe ya algo gracioso en todo esto asunto. Patente de corso para hacer lo que me dé la gana. Si de verdad la tuviera... sí, claro, no estaría en casa, ni pisaría por ella. Pero eso es superficial. Si de verdad la tuviera hubiera cambiado otras cosas, cosas que vienen de antes. Soy una persona cambiante, lo sé, lo sabemos. Pero nunca hubiese renunciado a cosas porque a otros les parecieran estúpidas. Nunca hubiese ocultado mis sueños, ni mis ilusiones. No me hubiese vuelto un autómata cuyo único propósito era sacar buenas notas, para tener una oportunidad más grande de salir de aquí.
No tengo ni idea de psicoanálisis, pero cada vez veo más cómo en cada objeto o ideal que había tomado como símbolo, me había encargado de grabar la palabra 'libertad'. Berta lleva libertad o libertad lleva Berta, no lo sé. El caso es que estoy hundida. Y que ya no hay eufemismo que me ayude a enmascararlo. Que solo me encuentro en Ítaca y que hasta esos viajes tienen que ser furtivos, porque mi madre no los ve bien. Me he perdido. Me he olvidado. No sé si he existido.
Estoy hundida, y creo que eso, aunque solo sea un ratito, me da derecho a ser egoísta. Y me da derecho a decir en voz alta, o en voz muy bajita a través de esta pantalla, que algún día -puede ser- que los críticos literarios vean que mis textos destilan esta carencia afectiva materna a través de no sé qué personaje mío, alegoría de lo que soy, de lo que nunca has sido y de lo que, cada vez veo más lejos, que alguna vez seamos.
No tengo ni idea de psicoanálisis, pero cada vez veo más cómo en cada objeto o ideal que había tomado como símbolo, me había encargado de grabar la palabra 'libertad'. Berta lleva libertad o libertad lleva Berta, no lo sé. El caso es que estoy hundida. Y que ya no hay eufemismo que me ayude a enmascararlo. Que solo me encuentro en Ítaca y que hasta esos viajes tienen que ser furtivos, porque mi madre no los ve bien. Me he perdido. Me he olvidado. No sé si he existido.
Estoy hundida, y creo que eso, aunque solo sea un ratito, me da derecho a ser egoísta. Y me da derecho a decir en voz alta, o en voz muy bajita a través de esta pantalla, que algún día -puede ser- que los críticos literarios vean que mis textos destilan esta carencia afectiva materna a través de no sé qué personaje mío, alegoría de lo que soy, de lo que nunca has sido y de lo que, cada vez veo más lejos, que alguna vez seamos.
sábado, 18 de mayo de 2013
En Ítaca también llueve.
Dicen que nunca llueve a gusto de todos, y es verdad. Ahora llueve ahí fuera, y no me gusta. No a estas alturas. Habría podido acostumbrarme a esa primavera que huye, a ese sol que recela entre las nubes y se acaba escondiendo...
Con esto no quiero decir que no me guste la lluvia. Me encanta la lluvia. De hecho, ojalá lloviese en Ítaca todos los días. Me encanta el olor a tierra mojada, y la lluvia que corre por las calles de la isla cuando llueve. Y el sonido de las gotas al chocar contra todo lo que se pone por delante de mi isla. Me gusta cuando la lluvia parece que suspira, que cae con tonalidades, con cadencias rítmicas. Que diptonga sílabas e inventa interjecciones para llover tranquila y a su manera.
Me
gusta cuando llueve en Ítaca porque la lluvia limpia. Porque la lluvia
es vida, porque el agua es un arjé y porque Dios está en la lluvia. Y
me encuentro demiurgos cada vez que paseo por Ítaca llovida, y se
resuelve el paraíso en la cadera de esta isla que gotea, y que arrastra
consigo todo lo que me preocupa. Porque la lluvia limpia y repara. Se
cuela por los resquicios de las grietas que deja el invierno y se
convierte en preámbulo de la primavera.
Cuando llueve en Ítaca, se para el tiempo. Tengo que dejar cualquier otra cosa que esté haciendo para ver cómo llueve. Para no perderme ni un solo segundo del baile entre la lluvia y la tierra cuando entran en contacto. Cuando la lluvia altera la quietud de la tierra -que, aunque suela estar tranquila, a veces tiembla justo antes del impacto de lluvia-.
Además, es curioso, porque en Ítaca nunca llueve de la misma manera. A veces llueve despacio, y otras veces caen tormentas. A veces la lluvia de Ítaca desata la furia entre las olas, y el mar se embravece y se preparan tempestades en las almas de los que vivimos allí; pero otras veces, sin embargo, la lluvia cae tan despacio que parece que podría prolongarse cien años sin cansarse.
Ojalá lloviese esta noche en Ítaca. Muy despacio y muy flojito, sin
despertar a nadie. Llenándolo todo sin que nadie se percate, volcándose
dentro, inundándolo todo. Ojalá lloviese una noche que durase cien años
sin cansarse.
Con esto no quiero decir que no me guste la lluvia. Me encanta la lluvia. De hecho, ojalá lloviese en Ítaca todos los días. Me encanta el olor a tierra mojada, y la lluvia que corre por las calles de la isla cuando llueve. Y el sonido de las gotas al chocar contra todo lo que se pone por delante de mi isla. Me gusta cuando la lluvia parece que suspira, que cae con tonalidades, con cadencias rítmicas. Que diptonga sílabas e inventa interjecciones para llover tranquila y a su manera.
Cuando llueve en Ítaca, se para el tiempo. Tengo que dejar cualquier otra cosa que esté haciendo para ver cómo llueve. Para no perderme ni un solo segundo del baile entre la lluvia y la tierra cuando entran en contacto. Cuando la lluvia altera la quietud de la tierra -que, aunque suela estar tranquila, a veces tiembla justo antes del impacto de lluvia-.
Además, es curioso, porque en Ítaca nunca llueve de la misma manera. A veces llueve despacio, y otras veces caen tormentas. A veces la lluvia de Ítaca desata la furia entre las olas, y el mar se embravece y se preparan tempestades en las almas de los que vivimos allí; pero otras veces, sin embargo, la lluvia cae tan despacio que parece que podría prolongarse cien años sin cansarse.
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