lunes, 22 de agosto de 2016
Presa (II)
Come to me in the night hours,
I will wait for you.
And I can't sleep, cause thoughts devour.
Thoughts of you consume.
War of hearts - Ruelle
La expresión femme fatale cobraba sentido en sus ojos felinos. Nunca había visto unos ojos como esos. Es decir, había mirado a muchas otras chicas, pero a ninguna con un aura tan electrizante como la suya.
Aquella noche todo lo estaba haciendo mal. Rompió tres vasos, se equivocó con el pedido de varias mesas. La bandeja bailaba en sus dedos y no entendía qué coño estaba pasando. Por qué esa mirada de gata la estaba llevando a los demonios, por qué esos ojos, esas uñas rojas como la sangre y ese olor a perfume abrasador estaban consiguiendo que recogiera tantas papeletas para quedarse sin trabajo en cualquier momento. Una advertencia, dos. Un descanso. "Céntrate, piensa en el trabajo, piensa en el dinero, piensa en ese pelo dorad... no. En eso no." Imposible. Sus manos intentaban aferrarse al lavabo sin demasiado éxito, el pelo de su trenza comenzaba a caer despeinado sobre su frente y, por la puerta entreabierta, estaba entrando la mujer felina. "Oh, dios, no."
El aire se espesó súbitamente. Sintió el calor de su cuerpo concentrarse en su cabeza, sus oídos palpitar, sus mejillas arder. El lavabo ya no podía sujetarla y sus manos fueron a parar sobre la piel más suave que había tocado nunca. Todo en aquella mujer parecía letal, desde los ojos a las garras que estaban ayudándola a sostenerse en pie. Y, de un momento a otro, se vio convertida en una presa, atrapada entre dos brazos fuertes y de contorno firme que hubieran impedido cualquier intento de huida, de haberlo pretendido.
El aire era tan espeso que se había vuelto irrespirable. Tragaba aire agitadamente por su boca porque el interior de su nariz había comenzado a dolerle de la intensidad de su respiración. No podía ver nada más allá de sus ojos hipnóticos. Tal vez, si ella se acercaba más, conseguiría transferirle algo de oxígeno... tal vez, si ella rompía la brecha entre sus labios, podría seguir respirando unos minutos más. Tal vez fuese su mirada suplicante lo que hizo que sus deseos se cumplieran y todo se desvaneciese mientras duraba ese beso hechizante.
Su piel se erizó, la sangre de sus brazos, anclados en el ladrillo de la pared, comenzó a arremolinarse sobre su cabeza. Las piernas dejaron de responderle cuando ella liberó una mano y la atrajo hacia su cuerpo esculpido en músculo y piedra.
Si no hubiera sido por ese brazo que envolvía la parte baja de su espalda, su cabeza hubiese chocado de lleno contra la pared en una caída en parte física, y plenamente metafórica. Los brazos de la mujer felina la sostuvieron en el aire mientras su mente emprendía un descenso a los infiernos, sin conocimiento, lejos de sí misma, abandonándose a la oscuridad que le había producido la falta de aire.
Y con el rojo de las uñas conjuntaba una gota incipiente sobre sus labios perdidos.
Depredador (I)
You've got no place to hide
and I'm feeling like a villain, got a hunger inside.
One look in my eyes,
and you're running cause I'm coming going to eat you alive.
Monsters - Ruelle
Estoy sentada, rodeada de gente, pero hace rato que de la conversación que me envuelve solo me llegan ecos. Lo he intentado, pero, inexplicablemente, soy incapaz de fijar mi atención en mis interlocutores. Hay algo innato en mí que parece guiarme hasta su mirada. Tímida, atenta a que no falte nada en nuestra mesa. "Faltas tú", me sorprendo pensando.
Se recoge con suavidad el pelo detrás de la oreja, cruza los brazos sobre la bandeja en su pecho, agacha la cabeza y vuelve dentro. La sigo con la mirada, de nuevo, de forma intuitiva. Sonrío a algún comentario que no he escuchado pero del que se espera mi respuesta. No tengo tiempo para más, estoy esperando a mi presa. Sigo atentamente la oscilación de su coleta despeinada que, tras la primera goma, se convierte en una trenza y no puedo evitar fijarme en sus manos sencillas. Tengo una fijación con las manos. Aún no sé por qué, pero me han gustado esas manos pequeñas, de uñas cortas y sin pintar. Contrastan con las mías, rojas y afiladas. Seguro que resulta una imagen poética cuando aprisione sus manos contra la pared. Vuelvo a sonreír. Lo veo tan fácil, un par de rondas más... no puede apartar esos ojos marrones de los míos y, cuando los fijo yo en ella, no sabe dónde esconderse. Finge que va a coger algo, se lleva las botellas vacías de las mesas, entra y sale del local olvidándose de los clientes. Más de uno la regaña por haberse olvidado de su cerveza. Me revuelvo en mi silla. "No molestéis a mi chica. Tiene mejores cosas en qué pensar".
Su jefe se está cabreando con ella. Se lo dice al oído. Sé leer los labios y entre líneas. "Tómate un descanso": es mi momento. "Disculpadme". Me levanto sin hacer ruido, como un felino entre las altas hierbas. Esquivo a la gente, las mesas, las miradas; veo a mi gacela. La sigo, a qué otro sitio podría ir un herbívoro indefenso para refugiarse del magma selvático. A ninguno. Se dirige al baño a limpiarse la fina capa de sudor que le envuelve la frente, a intentar despejar su mente del vapor excitante que se ha colado en sus ideas.
"Necesitas ayuda.". No es una pregunta. Por qué tendría que preguntarle si ya sé la respuesta. Necesita ayuda porque está muy perdida y a punto de perderse más. No le doy tiempo a que conteste y me deslizo con ella dentro del baño. "No tienes buen aspecto." No, claro que no, no sabe dónde se está metiendo, y no puede hacer nada por evitarlo. Le acaricio la frente para comprobar que tiene la temperatura ardiente que debería tener. "No..., sí, estoy bien, tengo que volv...", masculla cayendo entre mis brazos, apoyándose directamente en mi pecho para no dar de bruces contra el suelo. "Lo...lo siento...", consigue pronunciar en un susurro ruborizado, pero sin apartar su mano de mi torso. "Tranquila", le contesto, muy bajito, en un tono que lejos de tranquilizarla dispara sus sentidos. Sabe que no tiene escapatoria. Una mano mía la envuelve y, mientras tanto, con la otra mano, despego sus dedos, aún clavados en mí, y los entrelazo con los míos. Aprovecho el impulso para sujetarla contra la pared y la mantengo aprisionada entre mis brazos, como predije que pasaría. Sus manos son suaves, pero fuertes, y noto que no tiene intención de soltarse, aunque mis uñas arañen ligeramente su piel. Acerco mi boca a sus labios en esta prisión que nada tiene de improvisada y espero; espero a que su respiración se desboque, a que su mirada febril reclame que acorte esos centímetros, a que toda la sangre de su cuerpo se acumule en sus mejillas...
y solo entonces me deshago del aire que separa nuestros labios, acabo con el espacio que divide nuestros cuerpos, me abro paso hasta su lengua y dejo que me envuelva la explosión de sensaciones que inunda mis sentidos. Su olor se cuela rápido por mis fosas nasales y embriaga más rápido mi cerebro que todas las copas que he pedido esta noche. Libero una de sus manos para poder acariciar su cuerpo, la atraigo hacia mí y vacío su alma con un beso que le corta la respiración y todo riego sanguíneo.
and I'm feeling like a villain, got a hunger inside.
One look in my eyes,
and you're running cause I'm coming going to eat you alive.
Monsters - Ruelle
Estoy sentada, rodeada de gente, pero hace rato que de la conversación que me envuelve solo me llegan ecos. Lo he intentado, pero, inexplicablemente, soy incapaz de fijar mi atención en mis interlocutores. Hay algo innato en mí que parece guiarme hasta su mirada. Tímida, atenta a que no falte nada en nuestra mesa. "Faltas tú"
Se recoge con suavidad el pelo detrás de la oreja, cruza los brazos sobre la bandeja en su pecho, agacha la cabeza y vuelve dentro. La sigo con la mirada, de nuevo, de forma intuitiva. Sonrío a algún comentario que no he escuchado pero del que se espera mi respuesta. No tengo tiempo para más, estoy esperando a mi presa. Sigo atentamente la oscilación de su coleta despeinada que, tras la primera goma, se convierte en una trenza y no puedo evitar fijarme en sus manos sencillas. Tengo una fijación con las manos. Aún no sé por qué, pero me han gustado esas manos pequeñas, de uñas cortas y sin pintar. Contrastan con las mías, rojas y afiladas. Seguro que resulta una imagen poética cuando aprisione sus manos contra la pared. Vuelvo a sonreír. Lo veo tan fácil, un par de rondas más... no puede apartar esos ojos marrones de los míos y, cuando los fijo yo en ella, no sabe dónde esconderse. Finge que va a coger algo, se lleva las botellas vacías de las mesas, entra y sale del local olvidándose de los clientes. Más de uno la regaña por haberse olvidado de su cerveza. Me revuelvo en mi silla. "No molestéis a mi chica. Tiene mejores cosas en qué pensar".
Su jefe se está cabreando con ella. Se lo dice al oído. Sé leer los labios y entre líneas. "Tómate un descanso"
"Necesitas ayuda."
y solo entonces me deshago del aire que separa nuestros labios, acabo con el espacio que divide nuestros cuerpos, me abro paso hasta su lengua y dejo que me envuelva la explosión de sensaciones que inunda mis sentidos. Su olor se cuela rápido por mis fosas nasales y embriaga más rápido mi cerebro que todas las copas que he pedido esta noche. Libero una de sus manos para poder acariciar su cuerpo, la atraigo hacia mí y vacío su alma con un beso que le corta la respiración y todo riego sanguíneo.
sábado, 7 de mayo de 2016
Yo, la peor de todas
All I ever wanted was the world
I can't help that I need it all
The primadonna life, the rise and fall
I can't help that I need it all
The primadonna life, the rise and fall
No sé si somos el pecado,
no sé si somos seducción.
Solo quise ser el ruido
y la furia. La pasión.
La tempestad, y la calma.
la lluvia aguda del monzón.
Quise ser la vida,
el torrente, la sangre, el amor.
Quise ser tantas cosas,
y tantas veces oí: "no".
Sin saber por qué, debía no ser.
Sin saber cómo, debía no hacer.
No pude ignorar el eco,
de las hojas y el viento el son.
No supe ignorar las voces,
que no sé si dicta la razón.
No aprendí a ser a medias,
ni a cercenar la ambición.
No sabría fracturar el alma,
censurar los sueños, amoldarlos a sazón;
no sabría limar las alas, poner puertas al aire,
y la zancadilla, vez tras vez, al corazón.
No es posible domar el instinto,
enjaular la vida y atenuar el sol.
Pero yo jamás quise, con ello,
herir a nadie, ni pedir perdón.
Yo solo quería abrir las alas,
nuevas sendas de distinto color.
No pretendía tu naufragio,
ni buscaba la provocación.
Solo quería ser yo:
yo, la peor de todas, yo.
sábado, 23 de abril de 2016
Aurea mediocritas
What if our hard work ends in despair?
What if the road won't take me there?
Oh, I wish, for once, we could stay gold.
First Aid Kit - Stay gold
Un paseo por el barrio, a media tarde. Un soplo de aire para barrer el polvo de las pestañas. Una noche en casa, una pizza, una serie. Tu compañía. Compartir la cama. Sentir tu calor en los pies helados de frío. Que el semáforo se ponga en verde nada más salir del portal. El autobús que llega justo al salir del metro. Los atardeceres de la universidad. Los amaneceres. Las madrugadas de Madrid: Cibeles de noche, las luces de Gran Vía. Una caña un sábado por la noche. Los atardeceres desde la ventana del salón, con vistas a las Cuatro Torres y a una calle larga que no duerme nunca. La satisfacción de superarse, un día cualquiera, una tarde cualquiera. Sentirse fuerte, sentirse frágil. Llorar. Saber cuánta tristeza hay en la felicidad. Saber cuánta felicidad se esconde tras la tristeza pasajera y puntual. Reír. Los libros. La frase escondida en una remota historia de un escritor olvidado. El saberse pequeño e imaginar, por un instante, que algo sucedió así sin que pudiese ser de otra forma. Descubrirse divagando por mundos volátiles. Una película. Que me cocines. Que te coma. El olor del horno cuando hacemos hojaldres. Comerse los hojaldres como si no hubiera un mañana. El olor del café recién hecho. La lluvia que moja los cristales. La seguridad de estar en casa, con una ventana a una calle repleta, las luces de los coches y los neones de las tiendas. El bullicio. La soledad. La compañía. La amistad. El desarraigo. Retozar en la cama los lunes por la mañana. Las dos horas de sueño de los días que marchas antes que yo a la universidad. La cama grande para mí sola, con tu olor cosido en las sábanas. Los besos. Tus rizos. Mirarte sin que me veas. Mirarte y pensar cuánto voy a extrañarte. Abrazarte porque aún nos queda tiempo. La independencia. El poder de estar sola y no sentirse sola. Los pintalabios mate. Los pintaúñas mate. Unas cuantas monedas en el bolsillo. Los libros nuevos. Los libros de segunda mano. Las novelas decimonónicas. Los planes. Los viajes. Los proyectos de futuro y de presente. Las palabras susurradas. Las palabras gritadas -después de la tormenta...-. Una conversación amable en la universidad. Una sonrisa a quien sujeta la puerta del metro. Una caricia furtiva a cualquier perro con facha de nube. O sin ella. La impotencia rebajada con cariño. El café. El chocolate. El humo de sabores. El consuelo de un mejor día mañana. La consciencia de tu presencia aunque no estés.
El reflejo del sol en la hierba. En los edificios. El dorado entretejido entre mi pelo. Buscar la fibra de oro que hilvana, también, todo lo gris. El dorado del hojaldre. El oro de tu pelo. El oro del asfalto cuando el sol lo lame. El dorado de las hojas. El dorado de las luces de los coches. El destello dorado de las estrellas. La dorada medianía. El punto medio, el equilibrio. La felicidad silenciosa. El abandono de lo excelso. La sonrisa sin estruendo. La belleza de todo lo cotidiano. El placer medido inconmensurablemente del que sabe mirar. La delicadeza del asfalto. La hebra de oro inmersa en la tempestad, que no deja de brillar aunque nadie la vea.
Permanecer dorado, siempre; con un instante al día es suficiente. Permanecer dorado es lo importante. Debes ser de oro, maleable pero incorruptible. Fiel. Firme. Duradero. Permanece dorado y brilla cuando esté oscuro. No es difícil: aunque no lo veamos, de oro están engarzados nuestros sueños.
miércoles, 30 de septiembre de 2015
Gatos que no se quieren dormir
Si nos quisiésemos así, como quieren los gatos, tal vez aprenderíamos tantas cosas...
Sabríamos que, por ejemplo, no hace falta estar siempre con el objeto de tu amor. Que el amor se demuestra de muchas formas distintas que no necesitan palabras... Sabríamos que el respeto, por ejemplo, es una de ellas. Nos respetaríamos. Nos miraríamos a los ojos, parpadearíamos lentamente unos segundos... y sabríamos que estamos en paz. En casa. En tregua.
Podríamos aprender que esperar no es necesario. Que lo importante es coincidir en un espacio. No dar importancia a las ausencias porque siempre, siempre, siempre se acaba volviendo a la mano que te da de comer. A la mano que te protege, que te cuida, que te llena el alma.
Si entendiésemos mejor a los gatos sabríamos lo importante que es ser independiente. Caminar solo tu propio tejado. Encontrar gatos turbios en callejones oscuros, mirarlos, maullar con ellos a la luna para comprender, inevitablemente, qué compañía extrañas. Y correr a compartir tu ausencia con ella. Contarle, por ejemplo, cuántos gatos viste heridos. Cuántos gatos salvajes te cruzaste, qué cicatrices te enseñaron. Qué has aprendido de tu ausencia y lo bien que se está en casa.
Si entendiésemos un poco mejor a los gatos sabríamos que no tiene sentido aprisionar. Que a los gatos no les puedes comprar con nada, porque ellos solos pueden conseguir cualquier cosa. No te necesitan y, aun así, vuelven contigo. Porque te lo ganaste y ese amor hay que seguir ganándoselo cada día.
Sabríamos que toda acción tiene un efecto. Que si, por ejemplo, un día no queremos querer a nuestro gato, al día siguiente, el gato se acordará de que fuimos malos. Y nos castigará con su indiferencia hasta que nos perdone: a veces necesitamos que sean inflexibles con nosotros para saber que nos hemos equivocado.
Hasta de la crueldad de los gatos podríamos aprender a hacernos menos daño. Entenderíamos qué duele. Un ojo por ojo felino y acolchado: a veces necesitamos sentir dolor para saber que no hay que provocarlo.
Aprenderíamos a decir "no". Hay que ser un gato para saber decir que no. Ser valiente y no ceder cuando no te gusta algo. Porque puedes decirlo, todos podemos cambiar algo.
Deberíamos ser más gatos y menos perros en tantos sentidos. Deberíamos ser gatos para saber ser precavidos hasta que nos demuestren que no nos harán daño. Para conservar la belleza y, a la vez, ser salvajes. Amar, con un sentido del respeto inalienable. Querernos, sabiendo que un día tu gato podrá irse, que, en realidad, puede irse cuando quiera. Y, aun así, siempre vuelve contigo.
Sabríamos que, por ejemplo, no hace falta estar siempre con el objeto de tu amor. Que el amor se demuestra de muchas formas distintas que no necesitan palabras... Sabríamos que el respeto, por ejemplo, es una de ellas. Nos respetaríamos. Nos miraríamos a los ojos, parpadearíamos lentamente unos segundos... y sabríamos que estamos en paz. En casa. En tregua.
Podríamos aprender que esperar no es necesario. Que lo importante es coincidir en un espacio. No dar importancia a las ausencias porque siempre, siempre, siempre se acaba volviendo a la mano que te da de comer. A la mano que te protege, que te cuida, que te llena el alma.
Si entendiésemos mejor a los gatos sabríamos lo importante que es ser independiente. Caminar solo tu propio tejado. Encontrar gatos turbios en callejones oscuros, mirarlos, maullar con ellos a la luna para comprender, inevitablemente, qué compañía extrañas. Y correr a compartir tu ausencia con ella. Contarle, por ejemplo, cuántos gatos viste heridos. Cuántos gatos salvajes te cruzaste, qué cicatrices te enseñaron. Qué has aprendido de tu ausencia y lo bien que se está en casa.
Sabríamos que toda acción tiene un efecto. Que si, por ejemplo, un día no queremos querer a nuestro gato, al día siguiente, el gato se acordará de que fuimos malos. Y nos castigará con su indiferencia hasta que nos perdone: a veces necesitamos que sean inflexibles con nosotros para saber que nos hemos equivocado.
Hasta de la crueldad de los gatos podríamos aprender a hacernos menos daño. Entenderíamos qué duele. Un ojo por ojo felino y acolchado: a veces necesitamos sentir dolor para saber que no hay que provocarlo.
Aprenderíamos a decir "no". Hay que ser un gato para saber decir que no. Ser valiente y no ceder cuando no te gusta algo. Porque puedes decirlo, todos podemos cambiar algo.
Deberíamos ser más gatos y menos perros en tantos sentidos. Deberíamos ser gatos para saber ser precavidos hasta que nos demuestren que no nos harán daño. Para conservar la belleza y, a la vez, ser salvajes. Amar, con un sentido del respeto inalienable. Querernos, sabiendo que un día tu gato podrá irse, que, en realidad, puede irse cuando quiera. Y, aun así, siempre vuelve contigo.
sábado, 25 de julio de 2015
Ficciones
Recorríamos
Madrid como solemos hacerlo. Con cabriolas torpes, dando tumbos, sin
pisar las líneas de los adoquines, de la mano. Llevábamos horas jugando a
no ser nosotras, a ser dos desconocidas que se habían encontrado por
casualidad. Ya no recuerdo qué hacíamos para perder el tiempo en Madrid,
solas, una tarde cualquiera. Supongo que habíamos ido a buscar algo, o
que, a lo mejor, nos -me- habíamos inventado una excusa para deambular
por ahí después de clase. Uno de esos ratos breves que nos sacábamos de
la manga, exasperantes, extasiantes y, al final, cargados de
decepciones.
Llevábamos
horas jugando a no ser nosotras. A ser dos desconocidas que se habían
encontrado por casualidad. Era un ejercicio realista: nos contábamos
nuestra vida y hablábamos de la otra en tercera persona, como si no
pudiera escucharnos. El amor que sentíamos por esas terceras personas
-que no eran más que tú y que yo- era real, pero había quedado en stand by
por esa atracción sofocante que suscitaban nuestras nosotras
desconocidas. Y cada una éramos dos, y nosotras dos no éramos nadie en
una ciudad tan grande, y esa ciudad tan grande era un punto minúsculo en
el devenir del universo.
Pero,
durante esa tarde, todo el mundo giraba en torno a nosotras. Recuerdo
tu mirada desafiante, y los rizos desbocados. Y recuerdo todas las
palabras que usaste para intentar -volver- a robarme la mente. Recuerdo
seguirte el juego, y pararnos en medio de la calle -nos perdimos muchas
veces aquella tarde-, hasta que la angustia de pensar que más allá de ti
y de mí, a un centímetro de nuestros labios, había otra tú a la que
estaba fallando, aunque, incomprensiblemente fuese contigo. Y sé que es
absurdo, pero no podía dejar de pensar en que la verdadera tú era ahora
una inventada, y en mi cabeza no podía abandonar tu idea por esa nueva
tú que hablaba mal de ti.
Acabamos
el paseo volviendo a ser nosotras, igualmente de la mano. No lo
recuerdo, pero imagino que la decepción, después de la risa, los besos,
los abrazos y el tiempo que huía; llegó al despedirnos en el metro, al
alejarme de ti como si luchase contra un hilo invisible con el que nos
habíamos estado enredando toda la tarde.
Supongo
que pasó, pero lo he olvidado. Solo recuerdo la luz de la tarde, y la
paz. Eres tormenta y lo que queda después de ti, siempre es paz.
Y ganas de que vuelvas a estallar.
miércoles, 6 de mayo de 2015
Sin título.
Después de las lluvias torrenciales, los monzones, las sequías. Después del verano, los inviernos, las calles. Después del frío, del aire, la nieve. Del eco, la inmensidad, el vacío.
Después de los miles de días, las miles de horas, los minutos eternos, e incluso los días que no merecía la pena haber vivido. Esos días como hoy en los que nada tiene sentido, incluso después de esos días... Después de las ciudades, de besarnos en Praga, en Praga... Como si ahí no se escondiese toda la magia del mundo. Incluso después de todas esas ciudades, del mar, de la brisa. Después del sol, de la hierba de todos los parques que hicimos nuestros.
Después de todas las luces y las sombras, las tinieblas de las habitaciones que nos sirvieron de trinchera. Después de todas las camas que rompimos de metáforas, de ilusiones y de promesas que algún día cumpliremos.
Después de todos los planes, todos los después de ti solo habrá vacío. Todos los futuros que no hemos hecho presentes, todos los viajes que aún no hemos trazado.
Después de todos los besos, las lágrimas, las carcajadas. Después de las caídas de párpados, las caricias, las conversaciones sin final ni horas. Los paseos, los abrazos, las borracheras y los baños. Las miradas de madrugada, donde no había nada que decir pero quedaba todo dicho.
Después de la vida, que soñé, que sueño.
Después de ti. O durante.
Después de todo eso aún no sé por qué duele tanto este asunto. Por qué en un instante nos creemos dioses. Ajenos, lejanos, invencibles. Y en un golpe de vista, en lo que tarda un semáforo en cambiar de color. Las mariposas del estómago parecen querer devorar nuestras entrañas. A picotazos infectados de un veneno...
...que, oh, sorpresa,
es el antídoto también.
Después de los miles de días, las miles de horas, los minutos eternos, e incluso los días que no merecía la pena haber vivido. Esos días como hoy en los que nada tiene sentido, incluso después de esos días... Después de las ciudades, de besarnos en Praga, en Praga... Como si ahí no se escondiese toda la magia del mundo. Incluso después de todas esas ciudades, del mar, de la brisa. Después del sol, de la hierba de todos los parques que hicimos nuestros.
Después de todas las luces y las sombras, las tinieblas de las habitaciones que nos sirvieron de trinchera. Después de todas las camas que rompimos de metáforas, de ilusiones y de promesas que algún día cumpliremos.
Después de todos los planes, todos los después de ti solo habrá vacío. Todos los futuros que no hemos hecho presentes, todos los viajes que aún no hemos trazado.
Después de todos los besos, las lágrimas, las carcajadas. Después de las caídas de párpados, las caricias, las conversaciones sin final ni horas. Los paseos, los abrazos, las borracheras y los baños. Las miradas de madrugada, donde no había nada que decir pero quedaba todo dicho.
Después de la vida, que soñé, que sueño.
Después de ti. O durante.
Después de todo eso aún no sé por qué duele tanto este asunto. Por qué en un instante nos creemos dioses. Ajenos, lejanos, invencibles. Y en un golpe de vista, en lo que tarda un semáforo en cambiar de color. Las mariposas del estómago parecen querer devorar nuestras entrañas. A picotazos infectados de un veneno...
...que, oh, sorpresa,
es el antídoto también.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





