domingo, 22 de mayo de 2016

Tú levantas torbellinos a tu paso

"Tú levantas torbellinos a tu paso" Elena Poniatowska.

Querido Diego:

Si supieras que aún siento tu olor entre mis manos, casi un siglo después de haberte acariciado por útilma vez... si supieras cuántas noches pasé evocando tu figura entre las sábanas... si supieras, por casualidad, por cuánto tiempo imaginé que habías vuelto a colgar tu gabán en el perchero...

Pero no lo sabes. Y ya nunca lo sabrás. Y, aunque lo supieras, no te habría importado. Ahora sé, con la certeza que solo nos da el tiempo, que el nuestro será un amor eterno: solo los amores imposibles lo son.

Nuestro amor fue más mío que tuyo, un amor intransitivo, no correspondido, unilateral, de una sola dirección. Tú fuiste el mundo, el agua, la vida, México, en mi imaginación. Yo era translúcida, la trinchera del periodo de entreguerras. Y, una vez en tu patria, me desdibujé de tu memoria como un mal sueño, el sueño de un París helado. Comprendo que no quisieses recordar a la rusa transparente que dejabas atrás, el calor y el color de tu tierra albergan tonos que no existían entonces en mi paleta. Al final yo también conseguí pintarlos.

Querido Diego, prometo que esta sí es la última carta. Necesito escribirla: ha rondado durante algunos años por mi mente, como fruto de experiencias y sensaciones que me hubiese gustado compartir contigo. Te perdono. Hace tiempo que lo hice. Como ya te he dicho, nuestro amor fue solo mío, y tu recuerdo -y no tú- me ha acompañado toda la vida. Quiero que sepas, Diego de mi memoria, que ya poco o nada tiene que ver con el que conocí, que has sido mi tabla de salvación durante años. Cuando perdí (me niego a escribir "perdimos") a Dieguito, creí que no podría llenar nunca más el vacío de mi vientre. El tiempo, que todo lo cura o, al menos, todo lo borra, me ha hecho construir un castillo firme en mi imaginación. A ese palacio tú no llegaste. Solamente lo hizo el reflejo purificado de tu existencia, que ya no me duele ni me mortifica.

Conseguí ser libre enjaulándote, en un lugar recóndito y próximo de mi corazón. Has sido mi guía durante toda la vida. Nada quedaba en mí de Rusia, ni quería recordar Europa. Tu rastro me condujo a una patria florida y soleada, que ya era mía desde que me hablabas de ella, en esa lengua cantarina y bella que yo tomé como mía.

Tú, que levantas torbellinos a tu paso, me elevaste del suelo como a una hoja seca. Creí, durante muchos años, que solo era eso: el deje frágil y quebradizo del árbol que tú eras. Pero, debo decirte, que cuando estuve en el aire, siendo ingrávida y etérea, pude ver, con mis propios ojos, el mundo que se expandía bajo mí. Gracias, Diego, por hacerme volar. Ahora nada te debo y nada te reclamo,

te abraza siempre, tu Quiela.


Museo Diego Rivera expondrá obras de Angelina Beloff



[Texto inspirado en la novela de Elena Poniatowska, Querido Diego, te abraza Quiela sobre la vida de Angelina Beloff, primera esposa del pintor Diego Rivera]

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